22.8.07

Con pan y con vino

Estoy en la oficina escribiendo en estado semicatatónico. Las fiestas de Gracia no deberían acabarse entre semana, es muy desastroso. Y a mí no me debería hablar nadie de oficinas importantes mientras estoy recuperándome de la cantidad ingente de alcohol que ingerí ayer.

Muy mal.

No es que me duela la cabeza, es que la tengo desconectada. Y no sirve.

Dice Lilián que las penas con pan son menos. Y con ginebra menos, mucho menos aún.

Anoche perdí uno de mis aretes favoritos en el concierto. Y más tarde el pudor en la Plaza del Sol y estuve llorando enfrente de unos Mossos de Escuadra que me miraban con curiosidad. Pero no, señores, por llorar no se puede llevar a los borrachos a la cárcelo. Porque no parecía borracha. Bueno, eso digo yo.

Iba a subir una foto pero creo que me deprimiría. Es más bonito el recuerdo de lo que tengo en la cabeza, como diría EB.

Salud.

20.8.07

La cereza


Llegué del fin de semana de curación - más en capítulos por venir - y me encuentro esto. ¿A que tiene cara de cereza del pastel? :D

13.8.07

La tregua

Había una novela de Benedetti que se llamaba así. Pero no me acuerdo de qué se trata. Quizá ni siquiera la leí. Ayer llovió, en la noche. Cayeron relámpagos, como cuando yo era niña y el agosto en Guadalajara era de inundaciones y tormentas imposibles. Pensé que era una manera de recordarme que todo pasa - aún las tormentas que parecen diluvios. Todo cambia.

No puedo dejar de llorar - a ratos. No sé qué pasará. Nadie sabemos qué pasará. No podemos imaginarlo, siquiera. Yo no sé ni qué quiero en este momento. Pero anoche me gustó abrazarme a una almohada y dormir sintiendo que no será para siempre, ni será para mal.

No sé si ha llegado la paz. No la percibo como paz. Pero sé que ya no es la guerra, ni la tempestad a media noche, ni la caminata en el desierto. No soy feliz, pero no me siento tan absolutamente infeliz. Algo tendrá que tener de bueno. El verano me cae como plomo, pero entonces llega la lluvia. Todo pasa.

Seguro algo así es como se siente una tregua.

7.8.07

Pantallazos

El fin de semana ví Ratatouille, Fast Food Nation y Old Boy. Ésta última - en realidad la primera en orden de visionado - en la Sala Montjuic, al aire libre, en coreano con subtítulos que se leían mal. Pero aún así, en una escena de tortura, me quedé con la siguiente frase: "Dicen que a la gente le entra miedo por su capacidad de imaginar... así que no imagines nada".

Y digo yo... ¿qué sería lo peor que podría pasar después de todo?

3.8.07

Puente aéreo

Una de las cosas que me gusta de los aeropuertos es que en realidad, no estás en ningún lado. Es un lugar de paso, algo así como el Limbo antes de que lo mandaran al cajón de los olvidos. No te puedes quedar ahí eternamente y lo sabes. Y las probabilidades de que regreses también son grandes. No está hecho para que generes ningún tipo de cariño a sus paredes. Y sin embargo, son cómodos. Porque a veces es cómodo no estar en ningún lado.

Además - ya se ha dicho en muchos libros y películas, empezando por la empalagosa Love Actually que tanto me gusta - son uno de esos sitios en los que uno tiene que creer en la bondad del ser humano. Ahí se sufre mucho y se es muy feliz. Hasta cierto momento, funciona como un punto de no-retorno: lo que es, se exacerba.

Dejé a mis padres, a mi tía y a mis hermanos en el aeropuerto del Prat esta mañana. Estuvieron conmigo un mes, en casa, viajando, saliendo de compras, a comer, a ver el cielo. Hacía años que no estábamos tanto tiempo juntos, todos. Y me sentí rara. Hoy fui diligente y los acompañé, los ví batallar con sus boletos y sus maletas, recibir (o no) el reintegro de los impuestos, pelearse, mirarse, fumar, pensar... Les dí besos y abrazos, nos prometimos el próximo reencuentro, los ví subir una escalera eléctrica... y cuando me dí cuenta que ya no me veían, empecé a llorar. No porque no hubiera querido que me vieran - fue porque en ese momento me dí cuenta que ya no los podría llamar a mediodía para reñirlos porque se habían quedado en casa o para acordar qué comeríamos, ni me los encontraría en la noche fumando en el balcón, ni compartiría con ellos mis rincones cotidianos, con su pequeñez, su calor, su inconveniencia. Es verdad: no sé si podríamos vivir juntos todo el tiempo. Pero hoy, en este momento justo (el de la verdad, el de no retorno) los extraño muchísimo. Como si se hubieran ido hace años y no supiera más de ellos.

La verdad es que enfrentarse a la realidad cotidiana no es fácil. Y aquí estaban, como un muro de contención, como un espejismo en medio del desierto. Sé que los veré en diciembre, que me esperan como uno siente que lo espera el pasto mullido de los parques. Pero no puedo evitar extrañarlos. Y desear abrazarlos una sola vez más. Ese, el abrazo que siempre hace falta.

Cuatro cosas

Con frecuencia me mandan por Internet cuestionarios y "memes" que me encanta contestar, pero me agobia llenarles los buzones electrónicos a los otros. Entonces, en honor a mi querida Fabiolita, y pidiendo que lo replique quien pueda (y que me avise) hago la lista cortísima de las cuatro cosas.

Cuatro trabajos que he tenido en mi vida:

1. Reportera
2. Productora de radio
3. Traductora de noticias
4. Relaciones Públicas

Cuatro sitios en los que he vivido:

1. En un edificio de oficinas
2. Un departamento de 35 metros cuadrados
3. Un ático
4. La casa de mi abuelita

Cuatro lugares a los que he ido de vacaciones:

1. Pihuamo, Jalisco.
2. Ginebra
3. Orlando
4. Venecia

Cuatro de mis comidas favoritas:

1. Papas fritas con chile y limón
2. Pozole
3. Makis de sushi
4. Pasteles de chocolate, cubiertos con chocolate, servidos con helados de chocolate

Cuatro sitios en los que preferiría estar en este momento:

1. En mi casa
2. En Asís
3. En un avión
4. En San Francisco

Mis "cosas" favoritas:

1. Leer
2. Dormir
3. Platicar con quien sea, como sea
4. Irme de viaje inesperado

30.7.07

Ginebra en viñetas


- Siempre me han gustado las ciudades en las que se hablan muchos, muchos idiomas. Ya oficialmente Ginebra maneja tres. El mesero que nos sirvió el viernes por la noche mezclaba el francés con un fortísimo italiano. Yo mezclaba mi francés con inglés, catalán y español. Tampoco lo puedo culpar de nada.
- En todo el centro de la ciudad hay enormes fuentes iluminadas con flores diversas. El agua corre, constantemente. No hay necesidad de cerrarlas. El lago Ginebra lleva la fuerza del agua que baja de las montañas. En este lugar, el agua de la llave sabe mejor que el agua embotellada.
- Todas las tiendas de gran lujo se concentran en un par de cuadras, y conviven con incontables tienditas de souvenirs con la bandera roja con blanco. ¿Alguien se ha dado cuenta que es el negativo de la Cruz Roja? No podemos decir que el fundador haya sido justamente muy creativo...
- Mientras paseaba la noche del viernes, un Rolls Royce negro con cuatro personas pasó a velocidad muy lenta delante de mí. Uno de los ocupantes del vehículo, moreno, con intensos ojos oscuros, me miro fijamente y me sonrío. Creo que me sonrojé.
- Después de hacer el check-in en el hotel, la chica nos advirtió que había que comprar todos los chocolates y los relojes el sábado, porque el domingo no abre nada. Y es cierto.
- Comenzamos a recorrer la ciudad el sábado temprano. Mi papá ayudó a unas señoras a armar una carpa. Después resultó que eran unos anti-taurinos a los que la policía quizo echar repetidas veces durante el día sin éxito. Sin embargo, por la tarde, se pusieron unos chicos que pedían la liberación del pueblo palestino: ellos se quitaron a la primera llamada de atención.
- Mi papá me compró un reloj negro de pulsera. Y fui muy feliz.
- Temíamos que hiciera frío, pero no imaginamos que haría tal sol que me dejaría la nariz similar a la de un reno (de tan roja). Caminamos por los parques y comimos un sandwiches, siendo atacados por pájaros pequeños (agraristas, les dicen en México), palomas y avispas que querían un pedazo de mortadela. Hicimos fotos. Mi mamá se insoló. Un perro se metió a espantar a los cisnes en pleno lago de Ginebra. Por cierto: qué feos son los cisnes grises. Ugh.
- En la tarde caminamos por la ciudad vieja. A eso de las cinco y media, comenzaron a sonar las campanas de la catedral protestante de San Pedro. Al principio creí que mis oídos me engañaban pero no: el encargado de las campanas tocó tres canciones de Sting, empezando por Fields of Gold. Al final, cual Quasimodo, se asomó desde el campanario para recibir los aplausos de sus fans congregados en la plaza.
- En Ginebra nacieron y vivieron un montón de personajes famosos - hay plaquitas en todos lados atestiguándolo. La que más me gustó fue la de Borges (que vivió y murió en el número 28 de la Gran Rue). Me gustó porque además tiene la siguiente inscripción, del mismo escritor: "De todas las ciudades del planeta, de las diversas e íntimas patrias que un hombre va buscando y mereciendo en el decurso de los viajes, Ginebra me parece la más propicia a la felicidad".
- Escuchamos un concierto de órgano en la Catedral. Yo, la verdad, lo escuché a la mitad. A veces estaba dormida y otras tantas pensando en el porvenir. Maldita la manía de no poderme concentrar en las iglesias reformistas, limpias y llenas de vitrales florales, por estar pensando en esas cosas que me agobian, pero que me siguen por todos lados.
- A los que creían que Burger King y McDonald's son lo mismo en todos lados: no es cierto. Y hay sitios en los que el caos multicultural es mayor que en otros. Por ejemplo, el Burger King de la Rue Montblanc: nunca había visto a nadie gritarle a una de las chicas de la cocina desde el mostrador (del lado de los clientes) contándole los chismes de los vecinos.
- De regreso al hotel, viendo la luna enorme y la fuente de Ginebra, pensé que quizá podía quedarme. En realidad, parece un buen sitio. Y hacen Toblerones de 5 kilos.
- El domingo pasamos un rato grande tratando de entender el sistema de transporte. Compramos los boletos. Nadie los revisó nunca. Fuimos al Palacio de las Naciones Unidas, que es un poco decadente, como la sede en Nueva York. Yo, que soy muy mala, puse en apuros al guía. Él dijo: "pregunten lo que quieran". Yo dije: "Cuál es la diferencia entre el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial". Él se puso rojo, balbuceó y perdió los papeles: "si supiera eso, quizá trabajaría de diplomático y ganaría tres veces lo que gano". Qué formas son esas. La verdad es que me sentí culpalble al final. Pero qué vamos a hacerle.
- Regresamos al centro en tranvía, que le hacía ilusión a mi papá. Comimos un fondue que a todo el mundo le pareció muy salado menos a mí. No sé si nos faltaba vino tinto o si yo todavía seguía muy resfriada. En una mesa detrás de nosotros se sentaron un grupo de estudiantes de música: mexicanos y catalanes. Qué hacerle. Me persigue el destino.
- Fuimos a ver el momento a los Reformadores por insistencia mía. Es muy bonito: majestuoso pero elegante, blanco, ilustrativo, cálido. Y más el parque en el que está, con su pasto muy verde y sus flores de colores. Ahí sí me quería quedar a vivir.
- Después de recoger las maletas y comprar un helado de mango con fruta de la pasión (!), subimos al autobús. Junto a mí, iba una vietnamita creo que borracha gritándole a toda la gente. Creí que aguantaría pero me cambie de lugar en cuanto tuve oportunidad. Es una de esas cosas que me pone muy nerviosa.
- El sistema de revisiones suizo es de lo más sui-generis. El primer filtro no es de seguridad, sino de inmigración, y realmente podría no estar (ni te revisan nada). Después hay tiendas y luego están los filtros de seguridad. Lo curioso es que uno tiende a comprar cosas en el duty-free entre las que están las famosas navajas suizas - y las puedes pasar por el arco magnético si traes tu nota. Un poco raro, me parece a mí.
- Me olvidé de comprar una banderita. ¿Alguien me acompaña de regreso?