17.1.07

Propósitos

Este post - que se está repitiendo en todos mis blogs - es sólo para decir que no tengo propósitos de año nuevo. No-me-da-la-ga-na. Tengo uno que otro sueño guajiro y hartas esperanzas. Pero no propósitos. Y ya. Gracias. (Aplausos)

A falta de tortillas...


Desde que llegué a Barcelona, descubrí que como dice el Popol-Vuh, yo también soy hija del maíz. ¡Cómo extraño a veces una tortilla en lugar de los trozos de pan! Además, siempre me acuerdo de unos espectaculares que Maseca puso enfrente de la Diana en los que decía que cada tortilla sólo tenía 50 calorías... muchas menos que cualquier tipo de pan. O sea, que es una cuestión de dieta sana.

Ahora leo las noticias que el país está convulsionado por un alza indiscriminada de tortillas. Y yo también estoy preocupada, sobre todo por aquello de que en las áreas más pobres del país una persona puede comerse hasta medio kilo diario como principal aporte calórico. Sí, hay que hacer algo... dice el señor Ebrard que otra vez tortibonos... pero para el DF, por supuesto. Luego nos preguntamos porqué la ciudad "de la esperanza" está desbordada...

Por otro lado, el señor Eduardo Sojo, secretario de Economía, dice que todos tranquilos, que ya están comprando maíz fuera y que en tres semanas se estabiliza todo. Yo lo que no entiendo es que se supone que el precio de la tortilla está subiendo justamente porque se está especulando con el maíz - que ahora también sirve para hacer etanol. ¿Pero y el maíz que produce México?

El Universal publicó ayer una nota en la que dice que expertos de la UNAM aseguran que la importación de maíz no va a solucionar el problema. Incluso, hablan de empeorarlo por una razón que me pareció muy metafísica: dicen que el maíz importado es transgénico "que implica riesgos ambientales y de salud incontestables, ya que México es un país megadiverso". ¿Perdón? Lo más interesante de esta nota es que los expertos que dicen que la importación de maíz no va a bajar el precio de la tortilla proceden, a saber, de los siguientes centros: el Instituto de Ecología, el Centro de Investigaciones Interdisciplinarias en Ciencias y Humanidades y el Instituto de Investigaciones Antropológicas. Yo me pregunto, hablando de precios: ¿no hubiera sido bien bonito que le preguntaran también a un economista? Sé que es una cuestión de monopolios pero de ahí a alertar sobre maíz con riesgos ambientales y de salud... no lo sé.

Y bueno, al final, también los productores (ojo, señores gobernantes, el inicio de la cadena) tienen algo qué decir: según esta nota de La Jornada, lo que ellos han pedido en todo el país han sido apoyos para que se siembre más maíz en México y poder así satisfacer la demanda. Dentro de todo, la verdad, es lo que me parece más lógico. ¿Será que nos tendremos que poner todos a cultivar nuestra milpita? Es importante dejar espacio para el cultivo de nuestro alimento básico. Cuando yo era niña, Zapopan se llamaba la "cuna maicera". Ahora ya ni maíz hay. Pues ni modo... más maizales, menos centros comerciales. Seguro que se vivirá mejor.

Nota cultural: según el Popol-Vuh (en esta versión) el hombre no fue creado de barro ni la mujer de costilla de varón como dice la Biblia sino, justamente, de maíz. Claro que no es lo mismo ser "hijo del maíz" que "jijo del máis" pero ya eso es harina (Maseca) de otro costal.

De maíz amarillo y de maíz blanco se hizo su carne; de masa de maíz se hicieron los brazos y las piernas del hombre. Únicamente masa de maíz entró en la carne de nuestros padres, los cuatro hombres que fueron creados.

Juegos de video y cameos: ah, Douglas Coupland


Después de varios días de vivir en el limbo, he comenzado a leer y a escribir de regreso. Es un éxito. Me hace sentir mucho, muy feliz. No es que haya tomado el mejor libro del mundo para empezar el año, pero por lo menos me sacó de la somnolencia en la que estaba metida desde que terminé Middlesex a mediados de diciembre pasado.

Nunca he sido demasiado fan de Douglas Coupland. Me parecía interesante su planteamiento en Generación X, pero tampoco muy único. Tenía algo de escritura automática un poco desangelada que conserva, impulsa y supera. Sin parar. En Jpod, su novela del año pasado (caray, qué prolífico es este señor...) cuenta la historia de un montón de canadienses locos que viven en Vancouver y trabajan en una empresa dedicada a diseñar juegos de vídeo. Tienen un trabajo que les parece tan por debajo de sus posibilidades, que se dedican a leer cosas en Internet, ver gore, buscar en Google y hacer juegos matemáticos... de los cuales hay muestras en el libro. Así por supuesto que se pueden escribir más de 400 páginas aderezadas con orientales malévolos, madres lesbianas o cultivadoras de marihuana y jefes heroinómanos. La vida es súper bonita.

Entonces: el libro es divertido y muy fácil de leer. Yo lo terminé en dos días. Los personajes son terriblemente de caricatura, pero quizá eso sea lo que los hace más divertidos o fáciles. Ah, y sale Douglas Coupland como un petardo insoportable. ¿Autocrítica, guiño o falta de creatividad? Ya sé... no estoy diciendo nada. ¿Que qué me parece en realidad? A ver, creo que es como rentar una comedia un domingo por la tarde: no es que te vaya a dejar nada nuevo entre los muebles de tu cabeza, pero te va a despejar lo suficiente como para comenzar las labores de limpieza y reordenación de las próximas horas. Y ya. A leer, que el año empieza y hay que subir la media, je.

15.1.07

28

Despertador de cumpleaños: mi teléfono móvil y la angustia de llegar - otra vez - tarde a trabajar.
Atuendo de cumpleaños: pantalones gris nuevos quenosésimeencantacómomequedan, camisa negra auto-regalo de cumpleaños de hace dos años, botas negras (con pico), gabardina color ¡berenjena!, bufanda moradosa. Collar colores tierra. Aretes plata+morado. Reloj. Anillos. Cola de caballo. El maquillaje sigue en mi bolso... de leopardo ;).
Desayuno de cumpleaños: una barra de cereales, mientras esperaba en el andén el tren que subsanaría mis errores. Me había despistado y me bajé del tren correcto. Llegué a la oficina justo dos horas y diez minutos después de mi salida de casa.
Clima de cumpleaños: cielo plomizo y descenso en las mínimas. Sitges: mínima 6, máxima 15. Barcelona: mínima 9, máxima 17. Dice el papá de Laura, una de mis compañeras, que va a nevar antes del día 20. A ver.
Reuniones de cumpleaños: la gente no acaba de saber quién soy en esta oficina. Me llaman "la becaria". Tengo cosas que hacer, pero pocas. Ah, la felicidad.
Felicitaciones de cumpleaños: hasta el momento mis papás, mis abuelas, mis cariños más cercanos. El Duque, of course. Incontables llamadas. Mails. Qué bonito es todo.
Comida de cumpleaños: Espárragos a la brasa, butifarra amb mongetes, agua, flan de café, café con leche. Hum. Un chicle me vendría bien.
Planes de cumpleaños: Establecer, a partir de hoy, la semana dedicada a mí misma. Iremos a cenar, al cine, a tomar cafés, a comprar cosas, etc. He dicho. Que 28 es un número muy, pero que muy, bonito. Ja.

10.1.07

Sobre la serie de eventos desafortunados

El año pasado se estrenó en las salas españolas una película para niños protagonizada por Jim Carrey titulada "Una Serie de Catastróficas Desdichas". La cinta es una adaptación de las novelas de Daniel Handler (también conocido como Lemony Snicket) sobre todas las cosas que le pasan a unos hermanos que se quedan huérfanos. En inglés, la serie se llama "A Series of Unfortunate Events" - o sea que en vez de "catastróficas desdichas" hay "eventos desafortunados".

La introducción va porque el primer regalo de navidad que recibí este año fue precisamente el último libro de la serie. La intención, me dijeron, era que me enganchara al revés - lo cual me parecía el non-plus-ultra de la promoción a la lectura. El problema es que mi propia serie de eventos desafortunados ya había comenzado. Y no parecía terminar.

La segunda semana de diciembre la pasé entre hospitales, incendios y jefes y doctores hijosdeputa. Perdimos al Bitxo. Me pusieron la epidural. Saqué mis cosas en una caja de mi oscura y húmeda oficina. Ví pasar un bono navideño delante de mis ojos sin recibirlo. Fuí el blanco de los odios imposibles de brujas imposibles. Me porté mal en la última cena de navidad con el descolorido, odioso e imperdonable Maniquí. Me corté el cabello. Compré sin comprar regalos de navidad. Hice maletas. Tomé un avión. Llegué al DF.

Descubrí en el DF que caminar ahí debería ser catalogado como deporte extremo. Que no hace tanto frío. Que las mujeres se maquillan mucho. Y se ponen tacones altos para ir al súper. Que es normal llegar tarde. Que mi brújula de ubicación en el DF todavía sirve. Que hay burócratas simpáticos y burócratas horribles. Que ir al médico siempre es desagradable. Algunas veces más desagradable que otras. Que quiero mucho a mis amigos y los extraño. Que me gusta desayunar en el VIPs. Que me sorprenden las raciones tan grandes de la comida - una vez no me terminé mis chilaquiles y el gerente quería cambiármelos por otra cosa. "Pero es que si no le gustaron señorita, le traemos otra cosa" - y la manera tan amable de la gente de tratarte. Que allá soy una "güerita". Que la gente compra, pero no tanto.

Luego viajamos a Toluca, cortesía del señor Huicochea que nos ayudó a cargar nuestras enodmes maletas. Hacía frío. Conocimos a Paula, que es preciosa en su pequeñez. Y vimos a la familia del Duque. Y a los amigos del Duque. Y hubo que explicarles que habíamos perdido al Bitxo. Uno por uno. Me cansé. Mucho. Quería irme rápido. El Pillo y María (con Iker) nos llevaron al aeropuerto. Y huímos del frío.

En Guadalajara, había comité de recepción. Empezamos comiendo en una cenaduría y todo. Envolvimos regalos de navidad. Fuimos a ver a la familia que es, no a la que era. Sigo sin confiar en la gente que me dice que todo en su vida está perfecto. Me parece que tanta felicidad extraconfirmada es sospechosa. Ví a los Maextros en el Botanas. Muy fuerte el retorno. (Ví a unos señores que dicen que son mis amigos de la prepa. Sabe). Recibí regalos de Navidad. Comí mucho pozole. Ví mucha gente. No hablé del Bitxo. Sólo lo necesario. Pero sí lo soñé. Y lloraba a veces un poquito - cuando nadie me veía. Javier nos esperaba en Vallarta. Y nos lanzamos todos por la nueva carretera de las Montañas. (Debería poner una fotografía, pero no tomé fotografías. No con mi cámara. De un tiempo para acá, a veces no tengo ganas de guardar imágenes).

En Vallarta, tuve más tiempo para estar con ellos, a los que adoro y de los que soy parte. Descubrí que quiero mucho a familia, más en dosis controladas. Descubrí que quisiera tener otra vez nueve años y subirme a mi cuarto y llorar y llorar y llorar y espantar así a todas mis pesadillas. Descubrí que ya no quiero ser adulta, ni responsable de nada, ni trabajar, ni pagar las cuentas, ni tener tarjetas de crédito. De ser posible, niñodios o santosreyesmagos yo quisiera tener de regreso mi infancia.

Intenté simular que no pasaba nada. Que no se estaban acabando las vacaciones ni vendríamos de regreso. Un día antes se cayó todo. Vimos una película mala. No pudimos cenar fuera. Me cansaron del todo los gritos de las urracas. Y comencé a llorar: como una magdalena, como agosto en Guadalajara, como el río Papaloapan. Comencé a llorar y sentí que no podía pararme, que nada me detendría. Y me detuvo la cena y el resto de la noche.

El viaje de regreso a Barcelona duró poco más de 27 horas. Primero esperamos en el aeropuerto de Vallarta. Ya que habíamos logrado pasar los controles de seguridad y dejar atrás a todo nuestro lloroso comité de despedida - yo no lloré - nos dimos cuenta que nuestro avión estaba retrasado. Durante horas convivimos con gringos y sus familias y con los vendedores del dutyfree, tristes y desganados porque la venta de licores está parada por las nuevas regulaciones de no líquidos a bordo.

El vuelo fue lento, pero bien. En el aeropuerto de México sacamos las maletas y esperamos la llegada de Bef con unos libros. Descubrimos que nuestras maletas eran muy pesadas y tuvimos que hacer otro paquete. Más el paquete de los libros. Fila para documentar. En el mostrador, nos avisaron que dado que el Duque no tenía visa ni boleto de regreso, no podía salir del país hacia Europa. Tuvimos que comprar, en ese momento, un boleto de regreso. Sudor frío, boca seca. Comimos a prisa, en la ruidosa aérea internacional. Tanta gente y uno se puede sentir tan solo. Mandamos por paquetería el celular de regreso a Vallarta. Pasamos el control. Después de preguntar, compramos tequilas en el DutyFree. Hicimos más filas y subimos al avión. Dos niños sentados enfrente de nosotros. Dos niños que empezaron a llorar cuando su mamá intentó abrocharles el cinturón de seguridad. Dos niños que, la verdad, se durmieron el resto del viaje. No servía el sistema de sonido en nuestros asientos, así que no vimos las películas. Intenté dormir. Tenía una sensación de demasiado desasosiego. Tenía frío. Estaba incómoda.

Llegamos a Amsterdam y hacía frío. Antes de los controles, nos dijeron que teníamos que tirar las botellas de tequila a la basura. Salimos y las documentamos en otra mochila que teníamos libre. Yo las protegí con la bufanda morada que me había hecho Martha por navidad, el libro de los eventos desafortunados, mi agenda y una agenda nueva. Pedimos una etiqueta de frágil y nos dijeron que no había. Volvimos a las salas. El agente de Migración que nos vió salir hacia la zona de recepción de equipaje no le pidió al Duque su boleto recién comprado.

Dormimos en unos sillones del aeropuerto. Comimos fastfood. Tomamos el avión a Barcelona. Aterrizamos justo 26 horas después de que habíamos llegado al aeropuerto de Puerto Vallarta. En la banda de equipaje, nos esperaba una sorpresa: abrieron la última maleta que documentamos. Se rompió una botella de tequila. Se mojaron libros y documentos. Se robaron la agenda nueva. Se robaron la bufanda que me había tejido Martha.

No pude más. Salí rápido a buscar un taxi y en el camino lloré, lloré y lloré. Por regresar, por dejarlos, porque lo que había en México tampoco era real, porque Barcelona es otra vez la soledad y las responsabilidades, porque me habían robado mi bufanda. El señor taxista iba asustado y hablaba de cualquier cosa, como intentando calmarme. Aunque vivimos en una calle peatonal, se metió para dejarnos justo enfrente de la puerta. Cuando llegué a la casa, tenía mensajes de relaciones terminadas, humedades en las paredes, exjefes histéricos, calentadores de agua descompuestos. Así, la realidad. Qué ganas entonces de regresar. De desaparecer.

Poco a poco he comenzado a volver a la normalidad. El jueves lo pasé haciendo trámites y el viernes terminando con las compras de Reyes. El fin de semana fuimos a Valencia, de invitados, de observadores. Y regresamos. El Duque ha estado de viaje esta semana. Yo firmé un contrato de trabajo el lunes y estoy aquí, bañada por el sol de las cinco de la tarde de Sitges, escribiendo. Tratando de invocar el cierre de la racha. Creo que ya toca. El libro de los eventos desafortunados ya está casi del todo seco. Ya comenzaré a leerlo. Ya comenzaré.

11.12.06

Aviones, trenes, autobuses

Pasamos el puente en Moraira, cerca de Alicante. Es un lugar muy bueno para dedicarse concienzudamente a no hacer nada. Salimos el jueves en la tarde en tren: es mucho más cómodo que el autobús, aunque casi el doble de caro. No pudimos sentarnos juntos porque compramos los boletos en el último minuto, así que me tocó ir con una pareja de abuelos y su insolente nieto de unos quince años.

Durante las tres horas del viaje a Valencia, el "adorable" nano se zampó dos bocatas, un colacao y un refresco. Más dulces. Y amenazaba con requerir otra torta a la ibérica. Además, llevaba puesto O su Ipod O su PSP, con lo cual, gritaba para todo. Volumen altísimo. Terrible. Estos días yo tengo un hambre de perro y estuve a punto de quitarle uno de los bocatas. O por lo menos de pedirle que dejara de arremolinarse: está bien que él fuera más alto que yo, pero los bajitos también tenemos derecho a viajar cómodos.

En mi fresez, decidí comprar boletos de avión para regresar a Barcelona. Todo iba muy bien, salimos con suficiente tiempo... bueno, hubiera sido suficiente si no me hubiera equivocado. Yo estaba convencida de que el avión salía a las siete y no, es que salía a las seis de la tarde. Lloré desconsolada en el aeropuerto ante la mirada atónita de la "amable" señorita de Iberia que no me dejó subirme al avión. Luego se me quitó el sentimiento.

Fuimos a la estación de autobús y encontramos boletos... para las ocho. Como en la Península el tren es tan cómodo, parece que en contraposición los autobuses tienen que ser el infierno. La lógica parece ser: si hay 15 metros... ¿porqué no meter 70 personas en ellos?. Otra vez fue el ataque de los largos: uno que se sentó enfrente de mí y se estiró cuan-largo-era. El otro, atrás, subió sus rodillas contra mi respaldo y NO ME DEJÓ hacerme para atrás. El viaje duró cinco horas. Llegué molida. Supongo que era el karma por no haberme fijado en el horario del boleto de avión. ¡Ah! En el autobús iba un hombre que paseaba de un lado a otro con una guitarra. Cuando bajamos a hacer un descanso a las dos horas de camino, pidió un plato enoooorme de espaguetis y lo engulló con velocidad de boa. Pobre. Tenía hambre. A mí me habían comprado un postre antes de subirme al autobus para que se me tranquilizara la llorera del aeropuerto. Entonces no tenía hambre.

Hoy fuí a Sitges por la mañana a una reunión. De regreso, venía con A. hablando cuando se sienta junto de nosotros un hombre muy desaliñado, con olor a cigarro y a alcohol y una bolsa de plástico negra en la mano. Dos minutos después, sacó de la bolsa una pistola de juguete y comenzó a "cargarla" mientras murmuraba cosas. Disparó una, dos, tres, cuatro veces contra A. Los dos nos miramos y nos recargamos instintivamente contra la ventaja. Ya faltaban dos estaciones para que yo me bajara. El hombre estaba a mi lado y sacó otro juguete, una rana, de su bolsa. Lo desenvolvió. Le quitó el precio. Me pregunté si se lo habrían regalado, lo habría comprado o se lo habría robado a alguien a quien intimidó con su pistola. En cuanto anunciaron por el altavoz mi estación me puse de pie, aunque sabía que faltaba algo de tiempo. Me despedí de A. y lo miré con un poco de culpa de dejarlo solo. Valor, era lo que decían mis ojos. Más tarde, me lo encontré en el messenger y no pude evitar preguntarle qué más había sucedido. "Estaba re loco. Me disparó cuatro veces más, pero creo que hoy soy inmortal". Qué miedo, digo yo. La verdad.