Ya sé que hay cosas muy importantes en la realidad nacional y que he tenido mucho tiempo para escribirlas. Pero hoy me ocupa un issue personal. Dado que esta página es personalísima y la visitan amigos, he aquí mi carta.
Para mi papá… y todos los otros ingenieros en telecomunicaciones graduados de la UdeG en agosto de 1976
Ayer dejó de hacer calor en Barcelona. Hoy amanecimos con un cielo plomizo y una amenaza de lluvia que, sin embargo, sabemos que sólo será eso: una amenaza. Son días de descanso. Y, como parte del verano, a mí me hace falta que llueva como sólo en Guadalajara sabe hacerlo: a cántaros.
Cuando uno crece con veranos lluviosos, eventualmente los acepta. Cambia los juegos en el patio por los mismos u otros menos acelerados en el interior de la casa. Pero hay días en los que la lluvia molesta. Enormemente.
Yo me acuerdo que a mí siempre me molestaba la lluvia un día a la mitad de agosto. Cuando yo era niña – ah, la memoria – las clases no comenzaban en agosto sino hasta los primeros días de septiembre. Y había un evento que marcaba casi el final de las vacaciones y al mismo tiempo, siempre tenía un encanto especial: “la reunión de la generación”. Así se llamaba.
Lo que sabía era que iríamos a algún sitio con jardines y canchas y pasaría todo el día jugando con “amigos” con los que me reencontraba año tras año. Que vería a mi papá muy contento platicando con uno y otro y de pronto tendría una sensación de familia… aunque ninguno de ellos estuviera en las reuniones familiares. Me gustaba. Me gustaba mucho que mi papá tuviera tantos amigos y se encontraran cada año, sin falta, en una cita que era fiesta para todos.
El punto es que crecimos. Ayer, mientras hablaba con mi mamá por teléfono, me recordó que este fin de semana es el de la “fiesta”. “Te van a poner falta otra vez”. Y lamenté terriblemente no poder estar ahí. Porque me gustaba. Me divierte mucho verlos, me gusta sentirme entre amigos.
Hace cinco años fue la última vez que me presenté a la reunión. Estaba a punto de terminar a mi vez una carrera universitaria. Hace cinco años que no veo a mis compañeros. Conformé fui creciendo entendí la importancia del esfuerzo que año tras año hacían todos por encontrarse. Ahora lo sé más. Sobre cuando yo estoy del otro lado del océano y el resto de los compañeros de mi generación también se han extendido por el mundo. Nos queda el Internet – suerte parcial – pero a mí me da envidia absoluta la posibilidad de encontrarlos, de contarnos lo que hemos visto, lo que hemos caminado. Yo quisiera también estar con mis compañeros, como ustedes.
En esas reuniones de los agostos aprendí la importancia de reencontrarse con la otra familia, la que la vida nos va creando al reunirnos en aulas y grupos de estudiantes. Lo más curioso – alguna vez lo hablé con mi papá – es que quizá las amistades que no se dieron del todo por diversas circunstancias durante la escuela se dieron a lo largo de los años. Y siempre es valioso tener a alguien con quien hablar, aunque sea de vez en cuando, de cómo van avanzando nuestras vidas.
Fuera de las reuniones, en los comentarios, aprendí de mi padre y de todos los demás ingenieros la importancia del trabajo, de la búsqueda, del esfuerzo por seguir adelante a pesar de los pesares. Aprendí la importancia de la educación universitaria y de su actualización. Aprendí la necesidad de esforzarme, de seguir: de hacer que alguien se sintiera orgulloso de mí cuando sostuviera mi título.
Tengo muchas cosas que decirles y, por más que lo intento, no me salen. Al final de cuentas, lo que celebran hoy es como un parto conjunto que sucedió hace 30 años: el final de unos estudios universitarios que, de alguna manera, moldearon parte de sus realidades el día de hoy.
Papá: no creo que haya en el mundo en mejor profesional que tú. Eres mi modelo y mi guía para seguir adelante. Eres mi orgullo. Y mi único lamento es no poder estar ahí para darte un abrazo. Siempre, siempre, serás para mí el del cuadro de honor, el ganador de todas las menciones honoríficas, porque decidiste junto con mi mamá traerme al mundo y enseñarme cómo caminarlo. Y eso nunca podré terminar de agradecértelo.
A los demás ingenieros, gracias. Por darnos un ejemplo, por enseñarnos a convivir, por darme amigos entrañables, “primos de cariño” como Paulina, Liliana o Víctor, por convertirse en una referencia en mi vida. Gracias por acompañar a mi papá en el camino y ser sus amigos, sus confidentes, su apoyo. Gracias, por seguir estando ahí.
Les mando enormísimos abrazos.
12.8.06
4.8.06
Barcelona, otra vez
Después del caos de las últimas semanas, entre la operación y la mudanza, ayer regresé a Barcelona. Salí a mediodía porque tenía que comprar pescado fresco y quería ir a comer algo. Y descubrí que se me había olvidado que Barcelona es una ciudad llena de postales de álbumes de otros sitios, de otros panoramas.
Al primero me lo encontré en una de las calles del gótico, cerca de Avinyó. Como me puede dar el sol, estuve metiéndome entre los callejones y de pronto, me encontré de frente primero con su olor corporal. Su piel absolutamente chocolate. Sus enormes ojos, detrás de una puerta de cristal. No me acuerdo ni siquiera el nombre de la pensión en donde estaba, pero ví su cuerpo intensamente moreno, sus enormes ojos, sus labios gruesos y de pronto pensé que así deben ser todos los habitantes del África imaginada. Así, como atletas imposibles.
Después de comprar unos libros en La Central, del otro lado de la Rambla, entré por una calle paralela a la Rambla de los Floristas. La calle, sombreada, estaba también desierta. A lo lejos se oía el caos de los turista y alguien que trabajaba en una instalación. Al frente, la calle terminaba en una esquina con Carmen, de donde salió de pronto una bicicleta. Al frente, un hombre de perfectos rasgos árabes, vestido de blanco inmaculado, mangas hasta las muñecas y pantalones hasta los tobillos, para huir del sol. En la parte de atrás de la bicicleta, donde usualmente iría la caja de la carga, iba una chica. Su vestido y su pañuelo eran lilas, bordados con hilos plateados. Sus piernas juntas, colgaban la lado derecho de la bicicleta. Casi me sentí en una escena del más buen Bollywood.
Comí tallarines con pollo y salsa teriyaki acompañada por Alex, Paula y Luna. Las últimas dos, madre e hija originarias de Bogotá, tienen una característica muy especial: son la misma, pero en pantones diferentes. Terminé comprando pescado y cilantro para hacer ceviche en la Boquería. Se me antojó una sandía. Hoy me llevaré el carrito para ver si la puedo cargar.
Al primero me lo encontré en una de las calles del gótico, cerca de Avinyó. Como me puede dar el sol, estuve metiéndome entre los callejones y de pronto, me encontré de frente primero con su olor corporal. Su piel absolutamente chocolate. Sus enormes ojos, detrás de una puerta de cristal. No me acuerdo ni siquiera el nombre de la pensión en donde estaba, pero ví su cuerpo intensamente moreno, sus enormes ojos, sus labios gruesos y de pronto pensé que así deben ser todos los habitantes del África imaginada. Así, como atletas imposibles.
Después de comprar unos libros en La Central, del otro lado de la Rambla, entré por una calle paralela a la Rambla de los Floristas. La calle, sombreada, estaba también desierta. A lo lejos se oía el caos de los turista y alguien que trabajaba en una instalación. Al frente, la calle terminaba en una esquina con Carmen, de donde salió de pronto una bicicleta. Al frente, un hombre de perfectos rasgos árabes, vestido de blanco inmaculado, mangas hasta las muñecas y pantalones hasta los tobillos, para huir del sol. En la parte de atrás de la bicicleta, donde usualmente iría la caja de la carga, iba una chica. Su vestido y su pañuelo eran lilas, bordados con hilos plateados. Sus piernas juntas, colgaban la lado derecho de la bicicleta. Casi me sentí en una escena del más buen Bollywood.
Comí tallarines con pollo y salsa teriyaki acompañada por Alex, Paula y Luna. Las últimas dos, madre e hija originarias de Bogotá, tienen una característica muy especial: son la misma, pero en pantones diferentes. Terminé comprando pescado y cilantro para hacer ceviche en la Boquería. Se me antojó una sandía. Hoy me llevaré el carrito para ver si la puedo cargar.
3.8.06
Me pronuncio
En primer lugar, porque fuí a votar. Porque confío en el IFE. Porque confío más en el trabajo de los miles de mexicanos que contaron voto por voto, casilla por casilla, el día de la elección. Yo no llamo a nadie jodido. Ni tampoco chaparro. No me gustan las descalificaciones. Pero quiero que devuelvan la ciudad a quienes le pertenece: a los capitalinos que trabajan, todos los días, para que nuestra ciudad capital - y nuestro país - vaya mejor. A partir de su propio trabajo. De su esfuerzo para estar mejor.
No me parece justo que varios miles de mexicanos estén tomando por asalto la ciudad en donde viven 20 millones: interrumpiendo su trabajo, su vida diaria, su normalidad. Me parece menos justo todavía que lo hagan ante la mirada impávida de los señores Ebrard, Encinas y Fox. Ya estuvo bueno. Ya estuvo bueno que en pro de "la democracia" se aguanten tonterías como la presente. No se vale. Hay mucha gente que quiere vivir, en paz, y que el país siga adelante.
Que me perdonen los ilusionados sociales, pero llevando a México a la revolución, justo en este momento, no se van a resolver las cosas. Ninguna. Los pobres - ya lo dijo Dehesa - se van a quedar más pobres. Y los ricos se van a volver más ricos, no nos engañemos. Y además, se van a salir de país y ni siquiera tendrán que ver a la gente peleándose por la comida y el trabajo.
Me pronuncio, desde esta ventana tan lejos de México y de Dios y de todo, para que el señor Andres Manuel López Obrador deje de tomar en asalto mi país. También es mio. Y no quiero que se lo cargue en un arranque mesiánico.
No me parece justo que varios miles de mexicanos estén tomando por asalto la ciudad en donde viven 20 millones: interrumpiendo su trabajo, su vida diaria, su normalidad. Me parece menos justo todavía que lo hagan ante la mirada impávida de los señores Ebrard, Encinas y Fox. Ya estuvo bueno. Ya estuvo bueno que en pro de "la democracia" se aguanten tonterías como la presente. No se vale. Hay mucha gente que quiere vivir, en paz, y que el país siga adelante.
Que me perdonen los ilusionados sociales, pero llevando a México a la revolución, justo en este momento, no se van a resolver las cosas. Ninguna. Los pobres - ya lo dijo Dehesa - se van a quedar más pobres. Y los ricos se van a volver más ricos, no nos engañemos. Y además, se van a salir de país y ni siquiera tendrán que ver a la gente peleándose por la comida y el trabajo.
Me pronuncio, desde esta ventana tan lejos de México y de Dios y de todo, para que el señor Andres Manuel López Obrador deje de tomar en asalto mi país. También es mio. Y no quiero que se lo cargue en un arranque mesiánico.
23.7.06
Reflexiones en el calor
Los últimos tres días los he vivido cual dama de las camelias - según el Duque - postrada a veces en el sillón, otras tantas en la cama. La hora de la cura en la que (espero) me quitarán los tapones de la nariz se acerca. Pero ya he tenido demasiado tiempo para pensar. Muchísimo.
Entre las decisiones tomadas es que el trabajo ya no es una opción. No el que tengo. Que tengo que sentarme verdaderamente escribir. Que quizá no sea tan mala idea quedarse acá hasta que amainen un poco las aguas del otro lado del océano. Y que ya estuvo bueno de quedarse en un trabajo porque da curriculum: hay que buscar uno que dé vida y felicidad.
Hace calor. Una paloma me mira desde la ventana de mi vecino de enfrente. Oigo a unos niños que juegan por la calle de Tiradors, a unos cuantos metros de mi ventana. Acabo de peinarme. Daría mi reino por un baño completo, con todo y lavado de cara. Lástima que mi reino, por lo menos ahora, no sea deseo ni anhelo de nadie que yo conozca. Creo que tengo que volver a recostarme.
Entre las decisiones tomadas es que el trabajo ya no es una opción. No el que tengo. Que tengo que sentarme verdaderamente escribir. Que quizá no sea tan mala idea quedarse acá hasta que amainen un poco las aguas del otro lado del océano. Y que ya estuvo bueno de quedarse en un trabajo porque da curriculum: hay que buscar uno que dé vida y felicidad.
Hace calor. Una paloma me mira desde la ventana de mi vecino de enfrente. Oigo a unos niños que juegan por la calle de Tiradors, a unos cuantos metros de mi ventana. Acabo de peinarme. Daría mi reino por un baño completo, con todo y lavado de cara. Lástima que mi reino, por lo menos ahora, no sea deseo ni anhelo de nadie que yo conozca. Creo que tengo que volver a recostarme.
21.7.06
Ahogo
No puedo dormir. Afortunadamente, la mayor parte de mi vida he respirado por la boca (mal hecho), pero eso me permite pasarla menos mal ahora. Mi nariz es una tres veces más grande que lo normal. Contra lo que esperaba, lo menos malo fue la operación: el miércoles pasó ante mí como una sombra, no recuerdo más que pocos momentos, entre ellos, algunos salpicados de enfermeras. Me quedan de souvenir, además de mi narizota, sendos moretes en mis manos, ya que me reventaron las venas al ponerme las intravenosas. Tengo calor. La comida no me sabe a nada: distingo el dulce y el ácido, apenas.
Esta mañana, entre sueños, mis papás y mi hermano sacaron sus maletas de mi sala y se subieron a un taxi. No se me escapó que mi papá salió antes, para no verme en el último minuto, para esperar el taxi a pie de calle. Ya los extraño. Ya me siento otra vez terriblemente extranjera.
El lunes debo regresar al hospital a una cura. Tengo -otra vez- algo de miedo. Mi doctora de cabecera decidió darme 60 días de baja, "para que descanse, y por si se quiere ir de vacaciones". Anoche tuve pesadillas por los pendientes que me esperan en la oficina. Qué feo es estar solo, tener sólo la televisión española abierta y pocas fuerzas como para escribir o detener un libro.
(Deberían de construirme un monumento a la quejosa más quejosa del mundo. He dicho)
Esta mañana, entre sueños, mis papás y mi hermano sacaron sus maletas de mi sala y se subieron a un taxi. No se me escapó que mi papá salió antes, para no verme en el último minuto, para esperar el taxi a pie de calle. Ya los extraño. Ya me siento otra vez terriblemente extranjera.
El lunes debo regresar al hospital a una cura. Tengo -otra vez- algo de miedo. Mi doctora de cabecera decidió darme 60 días de baja, "para que descanse, y por si se quiere ir de vacaciones". Anoche tuve pesadillas por los pendientes que me esperan en la oficina. Qué feo es estar solo, tener sólo la televisión española abierta y pocas fuerzas como para escribir o detener un libro.
(Deberían de construirme un monumento a la quejosa más quejosa del mundo. He dicho)
17.7.06
Orgull
No le falta la o. Es simplemente que, atada a la capital catalana como estoy, digo en catalán que estoy orgullosa del querido Bef, quien se ganó por unanimidad el premio Memorial Cañadas a la mejor primera novela policiaca presentada a la Semana Negra de Gijón. Ojalá que lleguen golondrinas que lo traigan pronto a Barcelona, para celebrarlo.
Intermitencias del verano
Estoy aquí, en mi oficina, sudando. Copio cds con la tarifa y el catálogo. Reviso hacia arriba y abajo mi presupuesto. Y pienso. No dejo de pensar en la anestesia general del próximo miércoles. ¿Y si me cambia la voz? ¿Y si se equivocan en el quirófano y en lugar de ensancharme la parte interna de la nariz me hacen cualquier otra cosa? Uy. Creo que tengo miedo.
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