Es tarde, Eva me va a dar un ride, pero si no lo pongo ahorita, se me va a olvidar. La cadena Fox de televisión está a punto de estrenar un nuevo realiti en EEUU. El programa, que se va a llamar "Trading spouses", es la mediatización total del fenómeno swinger.
Lo más interesante es el grito enloquecido de horror que se ha escuchado. No precisamente el de las audiencias que piden programas respetuosos... sino el de otras cadenas que exigen que se penalice la piratería de ideas de programas.
La respuesta conciliadora ante la acusación de robo de ideas es que "los productores a menudo realizan programas similares y que las cadenas televisoras los compran incluso sabiendo que los televidentes podrían terminar con una programación que aparenta una sospechosa similitud".
¿Alguna otra argumentación impecable entre el público? - Aplausos al final de la sala -
22.7.04
16.7.04
Onomatopéyico
Una cosa que aprende la gente cuando vive en la Ciudad de México es que la contaminación auditiva puede no tener límites. En un espacio de media cuadra, los gritos pueden ser tantos que uno tema con razones estar quedándose sordo. Por ejemplo, la media cuadra que ocupa la entrada al Teatro Metropolitan.
La hazaña de ir a ver Stomp! había comenzado semanas antes. El Chacuas lo sugirió. Yo, que moría de ganas, dije que sí y el Duque también. A mí se me ocurrió hacerlo público y poco a poco se fueron agregando nombres. Yo prometí comprar los boletos. El "amo de los boletos" cobraba la friolera de 70 pesos de comisión en cada uno, así que me negué a comprarlos por Internet - además de que mi tarjeta de crédito no sirve porque me la clonaron. Total que yo aseguré que estaría en el Metropolitan comprándolos, pronto.
Se fueron pasando los días. Yo revisaba los lugares disponibles por Internet y me tranquilizaba ver que quedaban muchos. Como habíamos quedado en que la fecha era el 15, el 14 yo iba a ir por ellos. Pero el 14 fuí secuestrada por un grupo de campesinos dentro de mi edificio de oficinas, así que no alcancé a llegar.
Ayer - la fecha planeada - fuí al teatro a mediodía. Me aterrorizó darme cuenta que, con todo y la taquilla abierta con muuuuchos boletos, es el paraíso de los revendedores. Los policías pasan, los ven, platican con ellos. Pero no les dicen nada. Tú vas caminando tranquilamente por Independencia y de pronto se te acerca un obscuro hombrecito y casi te grita en el hombro: "¿Qué pasó, guerita? ¿Quieres boletos para Bunbury, para Stomp? Tenemos de todos los precios..."
En la taquilla, cometí el fatal error de querer recibir un consejo del boletero. El tipo y una mujer que estaba sentada junto a él me miraron con ojos de pobrecitaimbécilignorante cuando pregunté si era mejor verlo de arriba que de abajo, porque no conocía el foro. Volví a hacer mis cuentas mentales: "Duque, Chacuas, Alberto, Su, Víctor, Ceci, Roberto, Marianna, James, Mariana". 10 boletos, por favor. ¿Ya se dió usted cuenta del error?
Decidí caminar de regreso del teatro a la oficina. Pasé por las calles llenas de voceadores que tenía que recorrer en mis primeros días en el DF para llegar a mi casa... y me acordé porqué me mudé de ahí. Sin embargo, fue divertido pasar por pequeñas tiendas. En una de esas, hasta compré el vaso de mi licuadora, que se había roto ya hacía mucho tiempo.
Ya en la oficina, regresando de comer, volví a hacer la cuenta mental de los boletos. Estaba a punto de respirar tranquila cuando me dí cuenta de una cosa: ¡no me había contado a mí! y era casi imposible salirme de la oficina. Me quedé en el ácido el resto de la tarde, hasta que cerca de las 7, George me llevó al teatro.
Fue entonces el momento del ruido, absoluto, infernal. Mientras me formaba para ver si todavía quedaba el boleto 15 de la zona C4 en la tercera fila (hubiera sido horrible mandar a alguien lejos) me pidieron dinero para los niños con cáncer, las mujeres de la calle, los organilleros; me ofrecieron papitas, refrescos, binoculares y, por qué no, el vídeo de Stomp en su versión pirata.
Después de comprar el boleto que, mágicamente, sí estaba, me dió la indignación. Decenas de puestos alrededor del teatro vendían todos los souvenirs posibles. Había, sin embargo, un grupo que llamó mi atención porque estaban completamente abstraídos del ruido: unos muchachos de rasgos extranjeros, entre ellos uno con mohawk y otro con una enorme melena afro, jugando futbol. Cáscara callejera con los niños de la calle, muchos de ellos hijos de los ambulantes. De pronto jugaban, después se burlaban de los niños y de sus compañeros haciendo teatro y mímica callejera de la mejor escuela. Comprendí que estaba viendo a los artistas del show.
Para absoluta fascinación de los niños, estuvieron jugando con ellos un buen rato. Después tomaron aire y se pasearon entre los puestos de mercancía "pirata". Dos de ellos terminaron comprando una chamarra y una taza respectivamente antes de entrar al teatro por la puerta de artistas.
Ya sin mi show callejero, intenté concentrarme en la lectura de un libro. Pero no. Atrás de mi seguían los doscientosquincemil ambulantes vendiéndome hasta lo imposible. Y ninguno de los citados llegaron. De pronto ví al Chacuas. Intensamente rojo, hinchado, sudoroso. Me sorprendió. Después del abrazo de saludo me dice: "¿Has oído esa historia de que si te comes unos tacos en la calle te mueres?". Me dí cuenta que estaba temblando y trataba desesperadamente de abrir un frasco de medicina. Sus brazos estaban llenos de ronchitas y sus manos, tan hinchadas, que le eran prácticamente inútiles.
Le dí el medicamento y corrí a una farmacia homeopática que había visto a una cuadra. Rogé, me abrieron y compré algo para él. Cuando regresé, me encontré con Marianna. Le dí al Chacuas una primera toma y comenzaron los peores 30 minutos del día: espera a que lleguen todos los invitados antes de que nos den el portazo.
Poco a poco, entre el caos del valet parking y los cientos de personas que llegaban al teatro, ví arribar a los dueños de los 10 boletos en mi bolsa. Al final, entré corriendo con James y Mariana. Apenas nos habíamos sentado y todo, apagaron las luces. El timing perfecto.
Sobre Stomp, sólo otra onomatopeya: wow. Literalmente, estos sí salieron más cabrones que bonitos. El show es una revaloración cuidadosa de las percusiones, y nos hace recordar cómo en realidad están en las cosas más cotidianas. Los juegos con escobas, baldes, trapeadores, destapacaños, botes de basura... Lo más bonito es su capacidad para que a nosotros, que nos gusta el showbiznez, nos sintiéramos parte del juego con aplausos. Me encantó sentir el silencio del teatro - a pesar de que la señora detrás de mí no paraba de narrar el espectáculo -, y sobre todo, la cooperación, la risa, la felicidad que se veía en las caras de quienes asistieron.
Lo más increíble es darse cuenta que todos esos sonidos salen del cuerpo, de los objetos que nos rodean: retomar la idea de que somos una orquesta. ¿Lo más bonito? Yo me quedo con tres números, más bien discretos en cuanto a la intensidad de su sonido: los encendedores, la basura y el periódico. Y me quedo con la serena diversión de todos los artistas que salen a jugar una cáscara con los niños del barrio antes del espectáculo.
La hazaña de ir a ver Stomp! había comenzado semanas antes. El Chacuas lo sugirió. Yo, que moría de ganas, dije que sí y el Duque también. A mí se me ocurrió hacerlo público y poco a poco se fueron agregando nombres. Yo prometí comprar los boletos. El "amo de los boletos" cobraba la friolera de 70 pesos de comisión en cada uno, así que me negué a comprarlos por Internet - además de que mi tarjeta de crédito no sirve porque me la clonaron. Total que yo aseguré que estaría en el Metropolitan comprándolos, pronto.
Se fueron pasando los días. Yo revisaba los lugares disponibles por Internet y me tranquilizaba ver que quedaban muchos. Como habíamos quedado en que la fecha era el 15, el 14 yo iba a ir por ellos. Pero el 14 fuí secuestrada por un grupo de campesinos dentro de mi edificio de oficinas, así que no alcancé a llegar.
Ayer - la fecha planeada - fuí al teatro a mediodía. Me aterrorizó darme cuenta que, con todo y la taquilla abierta con muuuuchos boletos, es el paraíso de los revendedores. Los policías pasan, los ven, platican con ellos. Pero no les dicen nada. Tú vas caminando tranquilamente por Independencia y de pronto se te acerca un obscuro hombrecito y casi te grita en el hombro: "¿Qué pasó, guerita? ¿Quieres boletos para Bunbury, para Stomp? Tenemos de todos los precios..."
En la taquilla, cometí el fatal error de querer recibir un consejo del boletero. El tipo y una mujer que estaba sentada junto a él me miraron con ojos de pobrecitaimbécilignorante cuando pregunté si era mejor verlo de arriba que de abajo, porque no conocía el foro. Volví a hacer mis cuentas mentales: "Duque, Chacuas, Alberto, Su, Víctor, Ceci, Roberto, Marianna, James, Mariana". 10 boletos, por favor. ¿Ya se dió usted cuenta del error?
Decidí caminar de regreso del teatro a la oficina. Pasé por las calles llenas de voceadores que tenía que recorrer en mis primeros días en el DF para llegar a mi casa... y me acordé porqué me mudé de ahí. Sin embargo, fue divertido pasar por pequeñas tiendas. En una de esas, hasta compré el vaso de mi licuadora, que se había roto ya hacía mucho tiempo.
Ya en la oficina, regresando de comer, volví a hacer la cuenta mental de los boletos. Estaba a punto de respirar tranquila cuando me dí cuenta de una cosa: ¡no me había contado a mí! y era casi imposible salirme de la oficina. Me quedé en el ácido el resto de la tarde, hasta que cerca de las 7, George me llevó al teatro.
Fue entonces el momento del ruido, absoluto, infernal. Mientras me formaba para ver si todavía quedaba el boleto 15 de la zona C4 en la tercera fila (hubiera sido horrible mandar a alguien lejos) me pidieron dinero para los niños con cáncer, las mujeres de la calle, los organilleros; me ofrecieron papitas, refrescos, binoculares y, por qué no, el vídeo de Stomp en su versión pirata.
Después de comprar el boleto que, mágicamente, sí estaba, me dió la indignación. Decenas de puestos alrededor del teatro vendían todos los souvenirs posibles. Había, sin embargo, un grupo que llamó mi atención porque estaban completamente abstraídos del ruido: unos muchachos de rasgos extranjeros, entre ellos uno con mohawk y otro con una enorme melena afro, jugando futbol. Cáscara callejera con los niños de la calle, muchos de ellos hijos de los ambulantes. De pronto jugaban, después se burlaban de los niños y de sus compañeros haciendo teatro y mímica callejera de la mejor escuela. Comprendí que estaba viendo a los artistas del show.
Para absoluta fascinación de los niños, estuvieron jugando con ellos un buen rato. Después tomaron aire y se pasearon entre los puestos de mercancía "pirata". Dos de ellos terminaron comprando una chamarra y una taza respectivamente antes de entrar al teatro por la puerta de artistas.
Ya sin mi show callejero, intenté concentrarme en la lectura de un libro. Pero no. Atrás de mi seguían los doscientosquincemil ambulantes vendiéndome hasta lo imposible. Y ninguno de los citados llegaron. De pronto ví al Chacuas. Intensamente rojo, hinchado, sudoroso. Me sorprendió. Después del abrazo de saludo me dice: "¿Has oído esa historia de que si te comes unos tacos en la calle te mueres?". Me dí cuenta que estaba temblando y trataba desesperadamente de abrir un frasco de medicina. Sus brazos estaban llenos de ronchitas y sus manos, tan hinchadas, que le eran prácticamente inútiles.
Le dí el medicamento y corrí a una farmacia homeopática que había visto a una cuadra. Rogé, me abrieron y compré algo para él. Cuando regresé, me encontré con Marianna. Le dí al Chacuas una primera toma y comenzaron los peores 30 minutos del día: espera a que lleguen todos los invitados antes de que nos den el portazo.
Poco a poco, entre el caos del valet parking y los cientos de personas que llegaban al teatro, ví arribar a los dueños de los 10 boletos en mi bolsa. Al final, entré corriendo con James y Mariana. Apenas nos habíamos sentado y todo, apagaron las luces. El timing perfecto.
Sobre Stomp, sólo otra onomatopeya: wow. Literalmente, estos sí salieron más cabrones que bonitos. El show es una revaloración cuidadosa de las percusiones, y nos hace recordar cómo en realidad están en las cosas más cotidianas. Los juegos con escobas, baldes, trapeadores, destapacaños, botes de basura... Lo más bonito es su capacidad para que a nosotros, que nos gusta el showbiznez, nos sintiéramos parte del juego con aplausos. Me encantó sentir el silencio del teatro - a pesar de que la señora detrás de mí no paraba de narrar el espectáculo -, y sobre todo, la cooperación, la risa, la felicidad que se veía en las caras de quienes asistieron.
Lo más increíble es darse cuenta que todos esos sonidos salen del cuerpo, de los objetos que nos rodean: retomar la idea de que somos una orquesta. ¿Lo más bonito? Yo me quedo con tres números, más bien discretos en cuanto a la intensidad de su sonido: los encendedores, la basura y el periódico. Y me quedo con la serena diversión de todos los artistas que salen a jugar una cáscara con los niños del barrio antes del espectáculo.
Salta... corre por tu vida
¿Sabe usted quién es la CCC? La Confederación Cardenista Campesina. ¿Y sabe usted a qué se dedican por estos días? A cerrar a diestra y siniestra edificios y calles en la Ciudad de México, preferiblemente si éstos están directamente relacionados con el gobierno federal.
Y no, yo no trabajo en una dependencia de gobierno. Pero en mi edificio, de sus 18 pisos, sólo uno le pertenece a una empresa privada. Sí, exacto. A la empresa privada en la que yo trabajo. Ergo, como si laborara en la SEDESOL, me encuentro tiro por viaje con campesinos que deciden que no me van a dejar entrar (o salir) de trabajar, según convenga a sus intereses.
Ayer, desde antes de las nueve de la mañana ya había una cantidad razonable de PeFePos en la entrada, protegiendo el edificio. (Detalle curioso: de camino, venía yo desternillándome de risa con una canción de Óscar Chávez en la que desacredita por completo a los granaderos...). A las once nos avisaron que ya se había cerrado la entrada y la salida. No me preocupé entonces. Me preocupé cuando me dí cuenta que yo no traía comida y que los señores no pensaban moverse de ahí. Cortesía de la empresa para la que trabajo, todos los que no traíamos nada de comer degustamos deliciosas sopas maruchan y ensalada de atún. Todo fuera por el bien de la sociedad.
A las seis de la tarde empezamos a ponernos realmente nerviosos. Los campesinos no se iban, estaban cada vez más agresivos. De hecho, la recomendación era: "ni bajen". Yo tenía una cita con unos ex-clientes que esperamos que vuelvan a serlo a las 7, pero a las 6.45 me dí por vencida y cancelé. Cuando les expliqué la razón, estallaron en una carcajada. La verdad, visto desde afuera, no sólo es cómico... dirían los gringos "hilarious".
Poquito después de las siete, nos llamaron a reunión en la sala de juntas. Las treinta almas que habíamos quedado encerradas en un piso 10 comparecíamos frente al director y el subdirector de seguridad de la SEDESOL. Pero no hablaron ellos, sino Miguel, quien nos explicó las opciones. Apenas habían comenzado a negociar. Gobernación tenía la esperanza de que se pudiera arreglar algo "antes de mañana". Eso implicaba la posibilidad de pernoctar en el edificio. Humpff. No muy buena idea.
La otra opción tampoco era realmente brillante. Se trataba de ir al tercer piso del estacionamiento - cuarto del edificio -, caminar un par de metros por una saliente y después, gracias a una escalera bastante enclenque, bajar al techo del edificio continguo, un banco. De ahí, abría que caminar la azotea y brincar al siguiente edificio, un restaurante, que nos permitiría utilizar sus escaleras de emergencia para salir a la calle.
Decidimos la segunda. Formamos cuadrillas. Nos contamos. Empezamos planes para reunirnos después de bajar. "Nadie se va si no los hemos contado", decía con voz estentórea Miguel mientras sacaba su cámara digital. Había que inmortalizar el descenso para justificar nuestra mudanza frente al enorme corporativo en Chicago y Nueva York.
Una vez todos en el estacionamiento, comenzamos a bajar. Primero las chicas. Insistimos también que primero las que tenían más miedo. Bajaron. Después de ellas, de las más nerviosas, yo. La verdad es que también me moría de miedo, pero con mi extraño instinto de Peter Parker, decidí hacerlo sencillo. La escalera se movía muchísimo y el hombre de seguridad, en lugar de detenerla, sólo me gritaba: "No mire para abajo, licenciada, mejor al frente, mejor al frente".
Poco más de media hora después, todos estábamos sanos y salvos a media cuadra de la oficina. Miguel seguía tomando fotos. Sacó su lista - un rotafolio que extendió a pesar de las ráfagas de viento. A voz en cuello, revisó que cada uno estuviéramos ahí. Y nos dejó irnos, a casa, entre cansados, divertidos y frustrados, entre una lluvia de mirada reprobatoria de nuestros ex-captores.
Hoy que llegué a mis oficinas, como el dinosaurio de Monterroso, los manifestantes seguían aquí. Me preguntaron los de seguridad si quería entrar - tremendo deja vu. "Pues sí, señor... tengo mucho trabajo". Los "campesinos" me miraron. Yo no quise mirarlos a ellos. A mí no me sacan de la cabeza que son paleros. Y de la peor calaña.
Lo bueno es que en menos de un mes - dedos cruzados - estaremos fuera de aquí. Espero que esta sea la última aventura que haga salir a la "Lara Croft que hay en mí".
Y no, yo no trabajo en una dependencia de gobierno. Pero en mi edificio, de sus 18 pisos, sólo uno le pertenece a una empresa privada. Sí, exacto. A la empresa privada en la que yo trabajo. Ergo, como si laborara en la SEDESOL, me encuentro tiro por viaje con campesinos que deciden que no me van a dejar entrar (o salir) de trabajar, según convenga a sus intereses.
Ayer, desde antes de las nueve de la mañana ya había una cantidad razonable de PeFePos en la entrada, protegiendo el edificio. (Detalle curioso: de camino, venía yo desternillándome de risa con una canción de Óscar Chávez en la que desacredita por completo a los granaderos...). A las once nos avisaron que ya se había cerrado la entrada y la salida. No me preocupé entonces. Me preocupé cuando me dí cuenta que yo no traía comida y que los señores no pensaban moverse de ahí. Cortesía de la empresa para la que trabajo, todos los que no traíamos nada de comer degustamos deliciosas sopas maruchan y ensalada de atún. Todo fuera por el bien de la sociedad.
A las seis de la tarde empezamos a ponernos realmente nerviosos. Los campesinos no se iban, estaban cada vez más agresivos. De hecho, la recomendación era: "ni bajen". Yo tenía una cita con unos ex-clientes que esperamos que vuelvan a serlo a las 7, pero a las 6.45 me dí por vencida y cancelé. Cuando les expliqué la razón, estallaron en una carcajada. La verdad, visto desde afuera, no sólo es cómico... dirían los gringos "hilarious".
Poquito después de las siete, nos llamaron a reunión en la sala de juntas. Las treinta almas que habíamos quedado encerradas en un piso 10 comparecíamos frente al director y el subdirector de seguridad de la SEDESOL. Pero no hablaron ellos, sino Miguel, quien nos explicó las opciones. Apenas habían comenzado a negociar. Gobernación tenía la esperanza de que se pudiera arreglar algo "antes de mañana". Eso implicaba la posibilidad de pernoctar en el edificio. Humpff. No muy buena idea.
La otra opción tampoco era realmente brillante. Se trataba de ir al tercer piso del estacionamiento - cuarto del edificio -, caminar un par de metros por una saliente y después, gracias a una escalera bastante enclenque, bajar al techo del edificio continguo, un banco. De ahí, abría que caminar la azotea y brincar al siguiente edificio, un restaurante, que nos permitiría utilizar sus escaleras de emergencia para salir a la calle.
Decidimos la segunda. Formamos cuadrillas. Nos contamos. Empezamos planes para reunirnos después de bajar. "Nadie se va si no los hemos contado", decía con voz estentórea Miguel mientras sacaba su cámara digital. Había que inmortalizar el descenso para justificar nuestra mudanza frente al enorme corporativo en Chicago y Nueva York.
Una vez todos en el estacionamiento, comenzamos a bajar. Primero las chicas. Insistimos también que primero las que tenían más miedo. Bajaron. Después de ellas, de las más nerviosas, yo. La verdad es que también me moría de miedo, pero con mi extraño instinto de Peter Parker, decidí hacerlo sencillo. La escalera se movía muchísimo y el hombre de seguridad, en lugar de detenerla, sólo me gritaba: "No mire para abajo, licenciada, mejor al frente, mejor al frente".
Poco más de media hora después, todos estábamos sanos y salvos a media cuadra de la oficina. Miguel seguía tomando fotos. Sacó su lista - un rotafolio que extendió a pesar de las ráfagas de viento. A voz en cuello, revisó que cada uno estuviéramos ahí. Y nos dejó irnos, a casa, entre cansados, divertidos y frustrados, entre una lluvia de mirada reprobatoria de nuestros ex-captores.
Hoy que llegué a mis oficinas, como el dinosaurio de Monterroso, los manifestantes seguían aquí. Me preguntaron los de seguridad si quería entrar - tremendo deja vu. "Pues sí, señor... tengo mucho trabajo". Los "campesinos" me miraron. Yo no quise mirarlos a ellos. A mí no me sacan de la cabeza que son paleros. Y de la peor calaña.
Lo bueno es que en menos de un mes - dedos cruzados - estaremos fuera de aquí. Espero que esta sea la última aventura que haga salir a la "Lara Croft que hay en mí".
12.7.04
Servicio Social - Bloggers al Servicio de la Comunidad
Proceso de Apostilla de La Haya para títulos de Universidad Privada
1. Asegúrate que tu título tiene todas las certificaciones de tu universidad y la SEP. En términos generales, se trata de un sello o una firma en la parte posterior, en donde se mencione la SEP y algo de tu universidad. Si esto no está, ve a las oficinas de Atención Escolar de tu Universidad y pide que te lo sellen.
2. Una vez con todos los sellos de la Universidad, hay que llevarlo a legalizar por la SEP. Esto se hace en la DIRECCIÓN GENERAL DE EDUCACIÓN SUPERIOR (San Fernando 1, Col. Toriello Guerra, Tlalpan, enfrente del Hospital de Nutrición). El horario de recepción de documentos es de 9 a 12 horas. El trámite cuesta 303 pesos por documento (Julio 2004), pero hay que preguntar allá si todavía es la cifra válida. Te entregan el documento legalizado al otro día, sólo de 12 a 14 horas.
3. La siguiente parada es en la Dirección de Asuntos Jurídicos de la SEP que está en Donceles 100, Col. Centro (Oficina 102). Es quizá la más difícil en cuanto a trato. Hay que llevar los títulos legalizados, con una fotocopia, copia de una identificación – si el trámite que vas a hacer es tuyo – y tus formatos de pago (93 pesos por documento, a julio de 2004). Puedes entregar los documentos de 9 a 14 horas y los recoges al otro día de 12 a 15 horas.
4. A continuación ya vas por la apostilla, que la emite la Secretaría de Gobernación. Haces tu pago en un banco (442 pesos por documento, a julio de 2004) y vas a la oficina de SEGOB en donde está la sede del Diario Oficial (Río Amazonas y Río Lerma, Col. Juárez). Entregas documentos de 9 a 13 horas. Recibes de 12 a 14 horas al día siguiente.
• Todos los pagos relativos a este proceso, con excepción del de la Universidad, deben hacerse en el banco con un formato F-5 de Hacienda
• Si quieres hacer el trámite para una tercera persona, es necesario que te expida una carta poder y te la lleves a todos lados, por si te la piden allá.
• ¡Ármate de paciencia!... y pide a Dios que te permita tranquilizarte porque si te pones loco… capaz de que no te tienen tus papeles a tiempo
1. Asegúrate que tu título tiene todas las certificaciones de tu universidad y la SEP. En términos generales, se trata de un sello o una firma en la parte posterior, en donde se mencione la SEP y algo de tu universidad. Si esto no está, ve a las oficinas de Atención Escolar de tu Universidad y pide que te lo sellen.
2. Una vez con todos los sellos de la Universidad, hay que llevarlo a legalizar por la SEP. Esto se hace en la DIRECCIÓN GENERAL DE EDUCACIÓN SUPERIOR (San Fernando 1, Col. Toriello Guerra, Tlalpan, enfrente del Hospital de Nutrición). El horario de recepción de documentos es de 9 a 12 horas. El trámite cuesta 303 pesos por documento (Julio 2004), pero hay que preguntar allá si todavía es la cifra válida. Te entregan el documento legalizado al otro día, sólo de 12 a 14 horas.
3. La siguiente parada es en la Dirección de Asuntos Jurídicos de la SEP que está en Donceles 100, Col. Centro (Oficina 102). Es quizá la más difícil en cuanto a trato. Hay que llevar los títulos legalizados, con una fotocopia, copia de una identificación – si el trámite que vas a hacer es tuyo – y tus formatos de pago (93 pesos por documento, a julio de 2004). Puedes entregar los documentos de 9 a 14 horas y los recoges al otro día de 12 a 15 horas.
4. A continuación ya vas por la apostilla, que la emite la Secretaría de Gobernación. Haces tu pago en un banco (442 pesos por documento, a julio de 2004) y vas a la oficina de SEGOB en donde está la sede del Diario Oficial (Río Amazonas y Río Lerma, Col. Juárez). Entregas documentos de 9 a 13 horas. Recibes de 12 a 14 horas al día siguiente.
• Todos los pagos relativos a este proceso, con excepción del de la Universidad, deben hacerse en el banco con un formato F-5 de Hacienda
• Si quieres hacer el trámite para una tercera persona, es necesario que te expida una carta poder y te la lleves a todos lados, por si te la piden allá.
• ¡Ármate de paciencia!... y pide a Dios que te permita tranquilizarte porque si te pones loco… capaz de que no te tienen tus papeles a tiempo
Actualización tardía - el largo suplicio de la Apostilla
Por fin, el viernes recibí mis papeles con "la apostilla de La Haya". Se escucha emocionante. Se ve horrible. Después de mi periplo anteriormente reseñado, tuve que ir al otro día al fin del mundo - allá, donde ya había ido - a recoger los papeles. Mi plan era salirme temprano, llegar justo a las 12 y salir volada para alcanzar abierta la otra instancia de la SEP, en el Centro. Pues bueno... todo sucedió y no alcancé. Me recibieron en la oficina de Donceles con un "nooooo señoriiiita, hace cinco minutos que dejamos de recibir papeles. Regrese el lunes". Uf.
Lunes: junta de seis horas en la oficina. Martes. Me escapo y dejo los papeles en el Centro, finalmente. (Para el libro de recuerdos la licenciada me dice "yo como que la conozco..." y yo le contesto "pues sí, es la cuarta vez que vengo").
Miércoles. Más juntas. Viajes por toda la ciudad. Mi hermano postizo que trabaja en esta oficina ofrece - amabilísimamente - llevarme al Centro por mis papeles (inútil apurarnos ya, porque no alcanzo a llegar a Gobernación de ningún modo). Subimos a su auto. En un trayecto que normalmente hubiera tardado 20 minutos más diez del proceso, nos tardamos hora y media. Calles y calles del Centro tapizadas de ambulantes nos impedían pasar. Además, la "autenticación de la firma" - proceso que tocaba ahí, es verdaderamente horrible. Como mi título es de por si pequeño, le agregaron con cinta adhesiva media hoja bond (¿¿¿¡¡¡!!!???) donde escribieron el texto y le pusieron un sellito azul. Para la posteridad - de nuevo -: todos los documentos, emitidos por la SEP (Secretaría de Educación Pública) , son consistentes en una falta de ortografía. ¿Desde cuándo se acentúa la palabra seis? :(
En fin. Al otro día - jueves - dejé los papeles. Como contrarrecibo me dieron una hoja bond en la que ni siquiera estaba mi nombre. Uf. Miedo.
El viernes finalmente me entregaron los títulos con la Apostilla de la Haya. Para quienes se preguntan qué carajos es eso, se trata, nada más y nada menos, que de una hojita bastante pinche cancelada con un sello en tinta azul de la Secretaría de Gobernación. Dos semanas, y más de mil pesos por documento más tarde, primera prueba hacia España superada. Ahora, el pasaporte.
Lunes: junta de seis horas en la oficina. Martes. Me escapo y dejo los papeles en el Centro, finalmente. (Para el libro de recuerdos la licenciada me dice "yo como que la conozco..." y yo le contesto "pues sí, es la cuarta vez que vengo").
Miércoles. Más juntas. Viajes por toda la ciudad. Mi hermano postizo que trabaja en esta oficina ofrece - amabilísimamente - llevarme al Centro por mis papeles (inútil apurarnos ya, porque no alcanzo a llegar a Gobernación de ningún modo). Subimos a su auto. En un trayecto que normalmente hubiera tardado 20 minutos más diez del proceso, nos tardamos hora y media. Calles y calles del Centro tapizadas de ambulantes nos impedían pasar. Además, la "autenticación de la firma" - proceso que tocaba ahí, es verdaderamente horrible. Como mi título es de por si pequeño, le agregaron con cinta adhesiva media hoja bond (¿¿¿¡¡¡!!!???) donde escribieron el texto y le pusieron un sellito azul. Para la posteridad - de nuevo -: todos los documentos, emitidos por la SEP (Secretaría de Educación Pública) , son consistentes en una falta de ortografía. ¿Desde cuándo se acentúa la palabra seis? :(
En fin. Al otro día - jueves - dejé los papeles. Como contrarrecibo me dieron una hoja bond en la que ni siquiera estaba mi nombre. Uf. Miedo.
El viernes finalmente me entregaron los títulos con la Apostilla de la Haya. Para quienes se preguntan qué carajos es eso, se trata, nada más y nada menos, que de una hojita bastante pinche cancelada con un sello en tinta azul de la Secretaría de Gobernación. Dos semanas, y más de mil pesos por documento más tarde, primera prueba hacia España superada. Ahora, el pasaporte.
2.7.04
Crónica de la burocracia
Primero fuí, según instrucciones de una página de Internet y de la grabación en el teléfono de informes, a una oficina de la Secretaría de Gobernación. Ahí, con mi título en mano y mis tres copias del formato F5 de Hacienda, me dieron el primer portazo de realidad. "Noooooo, señoriiiiiiita", me dijeron con el típico tono pachorrudo del burócrata al que no-le-puede-importar-menos. "Lo que pasa es que su título es de una universidad privada. Primero tiene que legalizarlo. Vaya a esta dirección". Estaba en la colonia Juárez y me mandaban a Donceles, en pleno centro, a dos cuadras del Zócalo. Montada en un brioso corcel - un taxi ecológico - fuí hacia allá.
Después de fletarme 15 minutos de un taxista que iba refunfuñando contra la marcha del domingo, de sortear una manifestación afuera de la Cámara de Diputados y otros bichos variopintos, llegué a Donceles 100. Uno de esos edificios simplemente hermosos. Tan hermosos que parece que en ellos no trabaja nadie. Los pajaritos cantaban en los patios. Nadie salía de sus oficinas... a menos de que fuera para fumar. Me guían, y llego a la oficina 102. Una señorita sentada en el rincón se para, con toda su calma, para acercarse. "¿Qué se le ofrecía? ¿Sabe qué trámite viene a hacer?", me dice con tono de hartazgo. Explico: la apostilla de la Haya, la universidad privada... "Présteme sus títulos", ordena. Los inspecciona. Me los devuelve - por no decir avienta encima. "No, pues no. Primero tiene que llevar a estos a que les pongan otra firma para poderlos autentificar. Aquí le anexo la dirección. Ya cuando los tenga firmados viene, porque si le explico ahorita seguro se le va a olvidar y lo va a hacer todo mal". Me puse a copiar las instrucciones que estaban en una pared. "No, no las copie. Mejor cuando ya tenga todo viene. Porque si se equivoca no podemos hacer nada por usted...".
Dos días después, diez minutos antes de las ocho - hora de inicio de trámites - llego a la Dirección General de Educación Superior de la SEP, por supuesto, al otro lado de la Ciudad. El policía me desalienta: "Nooooo, señoriiiiita. Aquí vienen llegando como a las nueve. Váyase al Sanborns a tomar un cafecito". Me niego a irme al Sanborns. Acabaron ofreciéndome la silla de la caseta. Y esperé. Y esperé. Y esperé mientras los escuchaba hablando de automóviles. "No, pues usté sí puede pensar en comprarse un Fiat... si ya es sargento". Y esperé. Finalmente, como a las 8:45, me dejaron pasar. "En el segundo edificio, enfrente de las escaleras está una ventanilla. Ahí."
Llego al edificio. La mujer me mira desde su ventanilla. Y no la abre. Yo suspiro. Cinco minutos después de las nueve, abre. "¿Qué quiere?" - la mar de la amabilidad. Explico. "Ah, no", dice, "no es conmigo. Pásele a la oficina X adentro".
Casi lloro. Adentro, las cosas pasan más o menos rápido. La señorita que me recibe mis papeles me hace plática. Yo no entiendo cuándo termina el proceso. De pronto, reacciona. "Ay, perdón. Ya te puedes ir. Es que estaba tan a gusto platicando". Sonrío. Doy las gracias y me voy.
9:45. Llegaré a hora decente a la oficina. Camino rápido por la zona de hospitales, hacia Tlalpan. De pronto, escucho que gritan a mis espaldas "¡Cinthya... Cinthya!". Viro. La señorita de la oficina de la SEP. Cruzo la calle. Entre suspiros y respiración agitada, se explica: "Es que... el título... de tu marido... no tiene un sello... Tienes que ir a la escuela... y que se lo pongan". Casi me siento a llorar. En lugar de eso, caminé con ella de regreso a su oficina y tomé el título del Duque. Su jefa se apiadó de mí: "Ve con el licenciado X, al campus Ciudad de México, que está aquí cerca. Él le pone el sello".
Pues fuí al Campus. Y el licenciado... no estaba. Pero el chico que lo apoya, Ricardo, oyó mis cuitas. Le conté TOOOOODA la historia. Creo que se conmovió. Pagué los derechos, puso el sello. Sólo faltaba la firma de su jefe. Y su jefe no llegaba. Le llama al celular. ¡El jefe estaba en la oficina de la SEP de la que yo venía! Algo se puso verde en mis ojos cafés... supongo que el absurdo.
Afortunadamente, Ricardo tenía que llevar cosas para la SEP, con su jefe. Me invitó a subir a su carro y yo, con mi título cual si fueran hilos azules, salí hacia la oficina de la SEP. Entregué el papel. Ahora tendré que ir mañana, de 12 a 14 horas, UNICAMENTE, a recogerlo.
Y continuará la saga...
Después de fletarme 15 minutos de un taxista que iba refunfuñando contra la marcha del domingo, de sortear una manifestación afuera de la Cámara de Diputados y otros bichos variopintos, llegué a Donceles 100. Uno de esos edificios simplemente hermosos. Tan hermosos que parece que en ellos no trabaja nadie. Los pajaritos cantaban en los patios. Nadie salía de sus oficinas... a menos de que fuera para fumar. Me guían, y llego a la oficina 102. Una señorita sentada en el rincón se para, con toda su calma, para acercarse. "¿Qué se le ofrecía? ¿Sabe qué trámite viene a hacer?", me dice con tono de hartazgo. Explico: la apostilla de la Haya, la universidad privada... "Présteme sus títulos", ordena. Los inspecciona. Me los devuelve - por no decir avienta encima. "No, pues no. Primero tiene que llevar a estos a que les pongan otra firma para poderlos autentificar. Aquí le anexo la dirección. Ya cuando los tenga firmados viene, porque si le explico ahorita seguro se le va a olvidar y lo va a hacer todo mal". Me puse a copiar las instrucciones que estaban en una pared. "No, no las copie. Mejor cuando ya tenga todo viene. Porque si se equivoca no podemos hacer nada por usted...".
Dos días después, diez minutos antes de las ocho - hora de inicio de trámites - llego a la Dirección General de Educación Superior de la SEP, por supuesto, al otro lado de la Ciudad. El policía me desalienta: "Nooooo, señoriiiiita. Aquí vienen llegando como a las nueve. Váyase al Sanborns a tomar un cafecito". Me niego a irme al Sanborns. Acabaron ofreciéndome la silla de la caseta. Y esperé. Y esperé. Y esperé mientras los escuchaba hablando de automóviles. "No, pues usté sí puede pensar en comprarse un Fiat... si ya es sargento". Y esperé. Finalmente, como a las 8:45, me dejaron pasar. "En el segundo edificio, enfrente de las escaleras está una ventanilla. Ahí."
Llego al edificio. La mujer me mira desde su ventanilla. Y no la abre. Yo suspiro. Cinco minutos después de las nueve, abre. "¿Qué quiere?" - la mar de la amabilidad. Explico. "Ah, no", dice, "no es conmigo. Pásele a la oficina X adentro".
Casi lloro. Adentro, las cosas pasan más o menos rápido. La señorita que me recibe mis papeles me hace plática. Yo no entiendo cuándo termina el proceso. De pronto, reacciona. "Ay, perdón. Ya te puedes ir. Es que estaba tan a gusto platicando". Sonrío. Doy las gracias y me voy.
9:45. Llegaré a hora decente a la oficina. Camino rápido por la zona de hospitales, hacia Tlalpan. De pronto, escucho que gritan a mis espaldas "¡Cinthya... Cinthya!". Viro. La señorita de la oficina de la SEP. Cruzo la calle. Entre suspiros y respiración agitada, se explica: "Es que... el título... de tu marido... no tiene un sello... Tienes que ir a la escuela... y que se lo pongan". Casi me siento a llorar. En lugar de eso, caminé con ella de regreso a su oficina y tomé el título del Duque. Su jefa se apiadó de mí: "Ve con el licenciado X, al campus Ciudad de México, que está aquí cerca. Él le pone el sello".
Pues fuí al Campus. Y el licenciado... no estaba. Pero el chico que lo apoya, Ricardo, oyó mis cuitas. Le conté TOOOOODA la historia. Creo que se conmovió. Pagué los derechos, puso el sello. Sólo faltaba la firma de su jefe. Y su jefe no llegaba. Le llama al celular. ¡El jefe estaba en la oficina de la SEP de la que yo venía! Algo se puso verde en mis ojos cafés... supongo que el absurdo.
Afortunadamente, Ricardo tenía que llevar cosas para la SEP, con su jefe. Me invitó a subir a su carro y yo, con mi título cual si fueran hilos azules, salí hacia la oficina de la SEP. Entregué el papel. Ahora tendré que ir mañana, de 12 a 14 horas, UNICAMENTE, a recogerlo.
Y continuará la saga...
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
