No más porno
Ya me lo había dicho Fiesco hace unos días. Pero no lo creí. Hoy, el New York Times lo confirma en una nota. Se está acabando el porno en Estados Unidos. Una epidemia de SIDA ha comenzado a expandirse por los foros, con lo que la mayoría de los trabajadores de la industria están cada vez más asustados.
Apenas ayer se anunció que una actriz de 26 años también dió positivo en su examen, infectada por otro actor, Darren James, quien aparentemente se infectó en Brasil. Este brote de SIDA - el primero en los últimos cinco años - ha detenido casi por completo toda la producción de películas y videospornográficos en la Meca de la pornografía, Los Ángeles.
No se espera que la producción re-comience antes del 8 de junio. El doctor de la chica recién diagnosticada dice: "Es una mujer muy fuerte y toma la responsabilidad total de su situación. Es alguien que era muy feliz en la industria del entretenimiento para adultos. Ama su trabajo".
Qué bonito consuelo.
6.5.04
5.5.04
Que dice Disney que siempre no
Disney le acaba de prohibir a su división Miramax que sea la distribuidora en EEUU de la nueva película de Michael Moore, Fahrenheit 911. Parece ser que el contenido de la cinta - que relaciona económicamente a Bush con la familia de Bin Laden - no sería muy conveniente para una empresa tan políticamente correcta como Disney.
Interesante la cita de Moore, presentada en el sitio del NYT (restringido a inscripción gratuita): "En algún punto debemos de hacernos esta pregunta: '¿Debería suceder esto en una sociedad libre y abierta donde los intereses económicos son esencialmente quienes toman decisiones al respecto de la información que el público tiene permitido ver?'".
En busca del ratoncito perdido.
Disney le acaba de prohibir a su división Miramax que sea la distribuidora en EEUU de la nueva película de Michael Moore, Fahrenheit 911. Parece ser que el contenido de la cinta - que relaciona económicamente a Bush con la familia de Bin Laden - no sería muy conveniente para una empresa tan políticamente correcta como Disney.
Interesante la cita de Moore, presentada en el sitio del NYT (restringido a inscripción gratuita): "En algún punto debemos de hacernos esta pregunta: '¿Debería suceder esto en una sociedad libre y abierta donde los intereses económicos son esencialmente quienes toman decisiones al respecto de la información que el público tiene permitido ver?'".
En busca del ratoncito perdido.
Descubrimiento feliz
Anoche, viendo la televisión con Carlos, hartos de las repercusiones del asunto Cuba-México, tuve una revelación. En una nota de contexto sobre la historia de Ahumada en Argentina, salió mi querido Mario Mercuri, entrevistado en investigación especial.
Vaya desde aquí un gran abrazo a un verdadero maestro. He dicho.
Anoche, viendo la televisión con Carlos, hartos de las repercusiones del asunto Cuba-México, tuve una revelación. En una nota de contexto sobre la historia de Ahumada en Argentina, salió mi querido Mario Mercuri, entrevistado en investigación especial.
Vaya desde aquí un gran abrazo a un verdadero maestro. He dicho.
La vergüenza del chayotazo
Cuando trabajaba en el periódico, estaba muy orgullosa de mi profesión. Me enseñaron mis maestros de oficio que había que ser derecho, decir las cosas, buscar los distintos puntos de vista, tratar de hacer el mejor retrato de la realidad con muchos ángulos, para que la gente pudiera opinar y crearse su propia idea del asunto.
De alguna manera, a mi me parecía muy glamoroso el asunto de los opinadores. Personas que, desde su especialidad, podían darle a la gente una visión mucho más equilibrada de lo que estaba sucediendo en el mundo o los negocios nacionales o internacionales. Desde Guadalajara, admiraba a algunos columnistas cercanos pero miraba hacia el centralismo del DF y encontraba a los grandes columnistas, los dueños y señores de las opiniones.
Poco después de que comencé a trabajar en Relaciones Públicas - el otro lado de la moneda - descubrí algo horrible: muchos de los columnistas aceptan dinero para hablar de las empresas. Cuando mis compañeros me explicaban que era práctica usual entre "la vieja escuela" del RP dejar caer sobrecitos por aquí y por allá, no lo creía. Era un poco como cuando te dicen que alguien es cocaínomano, no lo crees, y de pronto lo ves metiéndose una línea por la nariz.
Al caer en cuenta de la recurrencia con la que se hacia esto de las "notas pagadas", empecé a tenerles un poquito de asco a los columnistas. Leo ahora las opiniones financieras y trato de hacerme un cálculo somero de cuánto les da cada uno, además de lo que les paga el medio. Aclaro que no todos los editorialistas reciben dinero. También eso me consta. Y me sorprende gratamente, y me permite respirar con cierto alivio. Es muy agradable tener alguien a quien admirar. Saber que alguien se niega a caer en el mismo juego.
Ayer uno de los "columnistas chayoteros" fue especialmente grosero con uno de mis compañeros. Al invitarlo a un evento muy especial de uno de los clientes, el tipo, al que llamaremos P.D., y es déspota como el que más, le dijo de muy mal modo - arrogante, al fin y al cabo - que no le interesaba recibir ninguna información de nosotros y de ninguna otra agencia de relaciones públicas, que lo borráramos de todas nuestras bases de datos porque lo único que hacemos es quitarle el tiempo.
Por supuesto, señor P.D. Por supuesto que único que hacemos es quitarle su valiosísimo tiempo que le pagan otras empresas. Porque los que hacemos relaciones públicas serias no queremos que se paguen los contenidos, sino que se generen. A eso nos dedicamos. Pero, por cierto, hace unos días me percaté de que una de sus columnas ataca a una de las empresas que sé de buena fuente le pagan a usted para que publique sus noticias. ¿Esa es su aspirina contra el dolor de cabeza que emite la falta de ética? ¿O será acaso una llamada de atención para que le giren su próximo cheque?De verdad, qué asquito.
Cuando trabajaba en el periódico, estaba muy orgullosa de mi profesión. Me enseñaron mis maestros de oficio que había que ser derecho, decir las cosas, buscar los distintos puntos de vista, tratar de hacer el mejor retrato de la realidad con muchos ángulos, para que la gente pudiera opinar y crearse su propia idea del asunto.
De alguna manera, a mi me parecía muy glamoroso el asunto de los opinadores. Personas que, desde su especialidad, podían darle a la gente una visión mucho más equilibrada de lo que estaba sucediendo en el mundo o los negocios nacionales o internacionales. Desde Guadalajara, admiraba a algunos columnistas cercanos pero miraba hacia el centralismo del DF y encontraba a los grandes columnistas, los dueños y señores de las opiniones.
Poco después de que comencé a trabajar en Relaciones Públicas - el otro lado de la moneda - descubrí algo horrible: muchos de los columnistas aceptan dinero para hablar de las empresas. Cuando mis compañeros me explicaban que era práctica usual entre "la vieja escuela" del RP dejar caer sobrecitos por aquí y por allá, no lo creía. Era un poco como cuando te dicen que alguien es cocaínomano, no lo crees, y de pronto lo ves metiéndose una línea por la nariz.
Al caer en cuenta de la recurrencia con la que se hacia esto de las "notas pagadas", empecé a tenerles un poquito de asco a los columnistas. Leo ahora las opiniones financieras y trato de hacerme un cálculo somero de cuánto les da cada uno, además de lo que les paga el medio. Aclaro que no todos los editorialistas reciben dinero. También eso me consta. Y me sorprende gratamente, y me permite respirar con cierto alivio. Es muy agradable tener alguien a quien admirar. Saber que alguien se niega a caer en el mismo juego.
Ayer uno de los "columnistas chayoteros" fue especialmente grosero con uno de mis compañeros. Al invitarlo a un evento muy especial de uno de los clientes, el tipo, al que llamaremos P.D., y es déspota como el que más, le dijo de muy mal modo - arrogante, al fin y al cabo - que no le interesaba recibir ninguna información de nosotros y de ninguna otra agencia de relaciones públicas, que lo borráramos de todas nuestras bases de datos porque lo único que hacemos es quitarle el tiempo.
Por supuesto, señor P.D. Por supuesto que único que hacemos es quitarle su valiosísimo tiempo que le pagan otras empresas. Porque los que hacemos relaciones públicas serias no queremos que se paguen los contenidos, sino que se generen. A eso nos dedicamos. Pero, por cierto, hace unos días me percaté de que una de sus columnas ataca a una de las empresas que sé de buena fuente le pagan a usted para que publique sus noticias. ¿Esa es su aspirina contra el dolor de cabeza que emite la falta de ética? ¿O será acaso una llamada de atención para que le giren su próximo cheque?De verdad, qué asquito.
En contra de las barbies
Hoy, el New York Times publicó una nota de esas que nos reconcilian con la vida después de las fotografías de Vogue. Resulta que en Rusia hicieron una votación abierta para buscar a la Miss Rusia perfecta. La elegida fue una chica llamada Alyona... una mujer normal. Con peso normal, con vida normal.
Al final, la chica no ganó por situaciones de reglas y edad. Pero la página en la que lanzaron su candidatura es un éxito mundial en contra de la imagen de la Barbie. Divided we fall, united we stand, dicen. En esta página de la BBC está incluso la foto de la chica.
Hoy, el New York Times publicó una nota de esas que nos reconcilian con la vida después de las fotografías de Vogue. Resulta que en Rusia hicieron una votación abierta para buscar a la Miss Rusia perfecta. La elegida fue una chica llamada Alyona... una mujer normal. Con peso normal, con vida normal.
Al final, la chica no ganó por situaciones de reglas y edad. Pero la página en la que lanzaron su candidatura es un éxito mundial en contra de la imagen de la Barbie. Divided we fall, united we stand, dicen. En esta página de la BBC está incluso la foto de la chica.
Lo que uno se encuentra en un Sanborn's
Ayer me volví a parar frente a un mueble de revistas en Sanborn's. De chismes, para más señas. Tenía suficiente dolor de cabeza después del accidente y la visita a la planta en Cuautitlán para ponerme a leer cualquier cosa complicada. Entonces me lo encuentro: por primera vez en la vida, un titular de revista rosa que podría estar relacionado conmigo o con gente que yo conozco. Todo por haber trabajado en el mismo periódico que trabajó la próxima plebeya que se convertirá en princesa de España.
"La verdadera vida de Letizia Ortíz en Guadalajara - incluído su amante tapatío". ¡Qué fuerte!, pensé. ¿De quién se tratará? El artículo, como era de esperarse, estaba lleno de imprecisiones. En primer lugar, Siglo 21 no evolucionó y se convirtió en Público. Son dos proyectos editoriales independientes ergo, nunca compartieron el mismo edificio. Pero en fin. Tampoco le puedo pedir peras al olmo.
Lo más terrible de todo fue ver el nombre de uno de mis gurús - por lo menos de los hombres a los que aún admiro por lo bien que hacen su trabajo - envuelto en las intrigas amorosas de la jetset española. Digamos que, por un momento, entendí lo que sienten los que compran las revistas de sociales para ver aparecer a sus amigos. Creo. Por que lo mío fue primero morbo y luego pena ajena.
Ayer me volví a parar frente a un mueble de revistas en Sanborn's. De chismes, para más señas. Tenía suficiente dolor de cabeza después del accidente y la visita a la planta en Cuautitlán para ponerme a leer cualquier cosa complicada. Entonces me lo encuentro: por primera vez en la vida, un titular de revista rosa que podría estar relacionado conmigo o con gente que yo conozco. Todo por haber trabajado en el mismo periódico que trabajó la próxima plebeya que se convertirá en princesa de España.
"La verdadera vida de Letizia Ortíz en Guadalajara - incluído su amante tapatío". ¡Qué fuerte!, pensé. ¿De quién se tratará? El artículo, como era de esperarse, estaba lleno de imprecisiones. En primer lugar, Siglo 21 no evolucionó y se convirtió en Público. Son dos proyectos editoriales independientes ergo, nunca compartieron el mismo edificio. Pero en fin. Tampoco le puedo pedir peras al olmo.
Lo más terrible de todo fue ver el nombre de uno de mis gurús - por lo menos de los hombres a los que aún admiro por lo bien que hacen su trabajo - envuelto en las intrigas amorosas de la jetset española. Digamos que, por un momento, entendí lo que sienten los que compran las revistas de sociales para ver aparecer a sus amigos. Creo. Por que lo mío fue primero morbo y luego pena ajena.
30.4.04
Atrapados en el piso 52
"Acabamos de estar en el sueño húmedo de todo hombre", dijeron Fer y Cassandra, muertas de risa. "Encerradas en un baño, con diez edecanes en calzones - y calzones chiquitos -, atoradas en el piso 52. Fantasía sexual plena". Esta es la historia de una fiesta muy bonita, llena de gente bonita, con un final un poco chistoso.
Nueve de la noche. Después de disfrutar mucho la inauguración de "Moda Italiana" en el Museo Franz Mayer, emprendimos la graciosa huida Marce, Flavio y yo con una invitación solamente para ir a una fiesta en el piso 52 de la Torre Mayor, la presentación de un producto de alta tecnología. A mí lo que más me emocionaba era la perspectiva de subirme al último piso del edificio más alto de la ciudad, la posibilidad de ver en vivo una vez más a Lost Acapulco (son el soundtrack de noches muy divertidas) y sí, porqué no, irme de fiesta en jueves.
El edificio es imponente por su dimensión y su clima. Como que busca ser - con disculpas a mi francés - absolutamente mamón. Tiendas muy pretenciosas, gente muy pretenciosa y una fiesta llena de gente VIP o VIPs wannabes (as us, maybe). El ruido era un poco ensordecedor. La vista, inmejorable. Cuando ví a los tres enmascarados y al Warpig a punto de comenzar a tocar, me dió la emoción absoluta. La hora (aprox.) de concierto privada fue divertidísima. Yo no podía evitar brincar y bailar a pesar de que los zapatos y el atuendo españolizado que traía no me permitían desplazarme mucho. Lo cierto es que a mi alrededor, muchos yuppies en traje sólo sonreían incómodos ante las letras (el encore de "Cojamos ya", por ejemplo) y no sabían si reírse o no de los que decidimos reir y bailar. Mucho y muy feliz.
Después comimos sushi, escuchamos las mezclas impecables de Fat Naked Lady, etc. En resumen, el evento era un éxito. A eso de las once, mientras platicábamos el Duque, Edmundo, Shorsh y yo, vimos correr a unos policías detrás de nosotros. Entra entonces en acción la teoría del rumor: "Es que un tipo se salió a la terraza y está asomado". Bueno, dijimos. Pobre intentona de suicidio. "No, es que se están madreando allá atrás", dijo otro. Todos volteamos a buscar a alguien afecto a los ojos morados y, cuando lo vimos cerca, nos tranquilizamos. Pero no. En realidad lo que había pasado es que alguien o algo había descompuesto los elevadores.
52 pisos. Eran 52 pisos los que nos separaban del suelo. Angustiada, la coordinadora del evento nos pidió que no nos fuéramos, que dejáramos de arremolinarnos frente a los elevadores como las decenas de finísimos VIPs que se aventaban con más fruición que trabajadores de la SEDESOL a las 9:10 de la mañana en los elevadores de este sacrosanto recinto en el que trabajo. "¡Me estás retiendo contra mi voluntad!", gritaba enloquecido uno de los representantes de lo más fino de la sociedad. Mientras veía a N. tratar de contenerlo, no pude evitar pensar lo bueno que sería invitarlo a que se bajara en caída libre - y sin paracaídas ni soporte - desde la terraza.
Total. "Decidimos" quedarnos y seguir muertos de risa en lo que se arreglaba el percance. Y pasó una hora. Y dos. Y tres. Era divertido, pero dejó de serlo cuando nos comenzaron a lastimar mucho los zapatos (claro, hablo por mí), se acabó el alcohol y el sushi y la música bajó su beat. A eso de la una de la mañana, decidimos que ya era momento de bajar. En grupo, caminamos hacia los elevadores que subían con una lentitud proverbial. Demasiado lento. Demasiado encierro. Demasiado.
La perspectiva era sencilla: te esperas y te bajas en un elevador con la posibilidad de quedarte atorado durante horas o respiras profundo y comienzas a bajar los 52 pisos que te separan de la bendita tierra. Déjamos que se fuera un primer contingente. Mis pies adoloridos le causaban demasiados remordimientos al Duque. Finalmente lo convencí después de hacer un cálculo rápido ("mmm... 20 escalones por 50 pisos... pues como mil escalones", dije. "Yo hacía mil escalones en la escaladora", dijo él. Correcto. Con lo que no contamos es que eso sucedía hace más de tres años...) Comenzamos a bajar.
No solamente es cruel que todos los letreros en cada piso digan "LXX, Faltan XX pisos para llegar a Planta Baja" (substituya la X con el número correspondiente). Algún sádico decidió poner letreritos de escalones, más o menos de cien en cien. El primero rezaba "1260".
Bajábamos. A nuestro ritmo. Despacio. Vimos cómo muchos habían dejado su trago en el camino y otros más, quizá desesperados o francamente borrachos, habían decidido romper las cajas de las mangueras de emergencia en caso de incendios. Vidrios en el suelo. Manchas deslavadas de sangre en las paredes (dedos cortados, aparentemente). Policías con Walkie Talkies. Uno de ellos muy amable. Tan amable que nos dió información que no sé si queríamos saber: "Buenas noches. Por favor, tengan cuidado cuando pasen frente a las mangueras. Las abrieron y todavía queda un poco de presión de agua, así que podrían agitarse y lanzar pedazos de vidrio". Qué bonito. Además de estar bajando con la sensación de claustrofobia que nos recordaba inmediatamente al asunto aquel de las torres gemelas, ya teníamos también un peligro real al cual huirle.
A eso del piso 20 nos empezaron a temblar las piernas. Pero firmes. Seguimos al mismo ritmo. Cuando llegamos al piso 10 me dije: "Paciencia. Es como si estuviéramos bajando las escaleras de la oficina". Fueron los 10 pisos más largos de la historia, incluyendo laberintos incomprensibles que podrían ser peligrosos en una verdadera situación de emergencia. Aunque el auto estaba en el piso 2, hubo que bajar hasta el nivel de calle para pagar el boleto de estacionamiento. El horror.
Cuando llegamos a abordar la imparable Alien, estábamos tan acalorados que abrimos las ventanas. Salimos del edificio esquivando a algunos borrachos y llegamos a casa de la misma manera. Ya ahí, (eran pasadas las tres de la mañana), no podíamos dormirnos entre la adrenalina del descenso y las bebidas energéticas.
Y esa es la historia de subir a una fiesta en el último piso de la torre más alta de la Ciudad de México. Por si no tuviéramos suficientes historias bizarras.
"Acabamos de estar en el sueño húmedo de todo hombre", dijeron Fer y Cassandra, muertas de risa. "Encerradas en un baño, con diez edecanes en calzones - y calzones chiquitos -, atoradas en el piso 52. Fantasía sexual plena". Esta es la historia de una fiesta muy bonita, llena de gente bonita, con un final un poco chistoso.
Nueve de la noche. Después de disfrutar mucho la inauguración de "Moda Italiana" en el Museo Franz Mayer, emprendimos la graciosa huida Marce, Flavio y yo con una invitación solamente para ir a una fiesta en el piso 52 de la Torre Mayor, la presentación de un producto de alta tecnología. A mí lo que más me emocionaba era la perspectiva de subirme al último piso del edificio más alto de la ciudad, la posibilidad de ver en vivo una vez más a Lost Acapulco (son el soundtrack de noches muy divertidas) y sí, porqué no, irme de fiesta en jueves.
El edificio es imponente por su dimensión y su clima. Como que busca ser - con disculpas a mi francés - absolutamente mamón. Tiendas muy pretenciosas, gente muy pretenciosa y una fiesta llena de gente VIP o VIPs wannabes (as us, maybe). El ruido era un poco ensordecedor. La vista, inmejorable. Cuando ví a los tres enmascarados y al Warpig a punto de comenzar a tocar, me dió la emoción absoluta. La hora (aprox.) de concierto privada fue divertidísima. Yo no podía evitar brincar y bailar a pesar de que los zapatos y el atuendo españolizado que traía no me permitían desplazarme mucho. Lo cierto es que a mi alrededor, muchos yuppies en traje sólo sonreían incómodos ante las letras (el encore de "Cojamos ya", por ejemplo) y no sabían si reírse o no de los que decidimos reir y bailar. Mucho y muy feliz.
Después comimos sushi, escuchamos las mezclas impecables de Fat Naked Lady, etc. En resumen, el evento era un éxito. A eso de las once, mientras platicábamos el Duque, Edmundo, Shorsh y yo, vimos correr a unos policías detrás de nosotros. Entra entonces en acción la teoría del rumor: "Es que un tipo se salió a la terraza y está asomado". Bueno, dijimos. Pobre intentona de suicidio. "No, es que se están madreando allá atrás", dijo otro. Todos volteamos a buscar a alguien afecto a los ojos morados y, cuando lo vimos cerca, nos tranquilizamos. Pero no. En realidad lo que había pasado es que alguien o algo había descompuesto los elevadores.
52 pisos. Eran 52 pisos los que nos separaban del suelo. Angustiada, la coordinadora del evento nos pidió que no nos fuéramos, que dejáramos de arremolinarnos frente a los elevadores como las decenas de finísimos VIPs que se aventaban con más fruición que trabajadores de la SEDESOL a las 9:10 de la mañana en los elevadores de este sacrosanto recinto en el que trabajo. "¡Me estás retiendo contra mi voluntad!", gritaba enloquecido uno de los representantes de lo más fino de la sociedad. Mientras veía a N. tratar de contenerlo, no pude evitar pensar lo bueno que sería invitarlo a que se bajara en caída libre - y sin paracaídas ni soporte - desde la terraza.
Total. "Decidimos" quedarnos y seguir muertos de risa en lo que se arreglaba el percance. Y pasó una hora. Y dos. Y tres. Era divertido, pero dejó de serlo cuando nos comenzaron a lastimar mucho los zapatos (claro, hablo por mí), se acabó el alcohol y el sushi y la música bajó su beat. A eso de la una de la mañana, decidimos que ya era momento de bajar. En grupo, caminamos hacia los elevadores que subían con una lentitud proverbial. Demasiado lento. Demasiado encierro. Demasiado.
La perspectiva era sencilla: te esperas y te bajas en un elevador con la posibilidad de quedarte atorado durante horas o respiras profundo y comienzas a bajar los 52 pisos que te separan de la bendita tierra. Déjamos que se fuera un primer contingente. Mis pies adoloridos le causaban demasiados remordimientos al Duque. Finalmente lo convencí después de hacer un cálculo rápido ("mmm... 20 escalones por 50 pisos... pues como mil escalones", dije. "Yo hacía mil escalones en la escaladora", dijo él. Correcto. Con lo que no contamos es que eso sucedía hace más de tres años...) Comenzamos a bajar.
No solamente es cruel que todos los letreros en cada piso digan "LXX, Faltan XX pisos para llegar a Planta Baja" (substituya la X con el número correspondiente). Algún sádico decidió poner letreritos de escalones, más o menos de cien en cien. El primero rezaba "1260".
Bajábamos. A nuestro ritmo. Despacio. Vimos cómo muchos habían dejado su trago en el camino y otros más, quizá desesperados o francamente borrachos, habían decidido romper las cajas de las mangueras de emergencia en caso de incendios. Vidrios en el suelo. Manchas deslavadas de sangre en las paredes (dedos cortados, aparentemente). Policías con Walkie Talkies. Uno de ellos muy amable. Tan amable que nos dió información que no sé si queríamos saber: "Buenas noches. Por favor, tengan cuidado cuando pasen frente a las mangueras. Las abrieron y todavía queda un poco de presión de agua, así que podrían agitarse y lanzar pedazos de vidrio". Qué bonito. Además de estar bajando con la sensación de claustrofobia que nos recordaba inmediatamente al asunto aquel de las torres gemelas, ya teníamos también un peligro real al cual huirle.
A eso del piso 20 nos empezaron a temblar las piernas. Pero firmes. Seguimos al mismo ritmo. Cuando llegamos al piso 10 me dije: "Paciencia. Es como si estuviéramos bajando las escaleras de la oficina". Fueron los 10 pisos más largos de la historia, incluyendo laberintos incomprensibles que podrían ser peligrosos en una verdadera situación de emergencia. Aunque el auto estaba en el piso 2, hubo que bajar hasta el nivel de calle para pagar el boleto de estacionamiento. El horror.
Cuando llegamos a abordar la imparable Alien, estábamos tan acalorados que abrimos las ventanas. Salimos del edificio esquivando a algunos borrachos y llegamos a casa de la misma manera. Ya ahí, (eran pasadas las tres de la mañana), no podíamos dormirnos entre la adrenalina del descenso y las bebidas energéticas.
Y esa es la historia de subir a una fiesta en el último piso de la torre más alta de la Ciudad de México. Por si no tuviéramos suficientes historias bizarras.
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