9.8.03

Última

Hay veces que llegan lecturas únicas a nosotros. Que no esperamos pero son como la lluvia a la mitad de mayo: fresquísimas, deliciosas, sorprendentes. Gracias Eugenia. Gracias por recordarme ciertas cosas que a veces se olvidan.
Viernes: tarde

A través de la ventana, hay poco que ver. Hasta hace unos minutos el sol me caía encima, dificultándome la vista en el monitor.

Es fin de semana. Se respira.

Yo me vuelvo a casa. Tengo la firme intención de encontrar las palabras que perdí anoche antes de irme a dormir y no vuelven. Me pregunto por qué en mi casa no hay pinguinos. Apenas una pantera onca que me reclama - desde el fondo de uno de mis cajones - porque no ha salido a pasear.

Bonitos animales, los jaguares. No los que cantan. Esos no. Los que están en los parabuses con la leyenda "¡Qué guapo es mi vecino!". Los parabuses. Si cada pueblo tiene el gobierno que se merece, también tiene los publicistas que se merece. ¿A quién se le habrá ocurrido la brillante idea de coronar con "Puto el que lo lea" una campaña en contra de la discriminación? Estoy de acuerdo con La Jornada, aunque sea por una vez. Seguramente a un imbécil que se le olvida que la intolerancia a las diferentes visiones de la sexualidad causa violencia. Y que la violencia verbal por si misma engendra muchas tantas. Comenzaremos pues, con la revisión de los parabuses. A ver en dónde más nos encontramos reverendas tonterías. Sea.

7.8.03

TVAzteca y el hábito del plagio

Estoy leyendo como cuatro libros al mismo tiempo. Al final del día, eso resulta ser una desventaja porque uno termina no leyendo nada. Me da el agobio o dejo mi carga en la oficina y no abro ni mi libro teórico de relaciones públicas, ni el de Gaiman, ni el de Osho (filosofía, dicen), ni el de Shakespeare comentado. Y contando. Porque hay que sumar el material de lectura que se acumula todos los días aquí: entre infecciones urinarias, nutrición infantil y la loquera de los gringos para cobrar más visas, ya no sé a qué irle.

El hecho es que la última semana he perdido soberanamente mi tiempo viendo la televisión. La televisión abierta. Ayer, decidida a no reventarme un episodio más de dramones sin sentido, me fuí a rentar algunas películas. Llegué, prendí la televisión y vi una escena de un programa de Canal 13 - TV Azteca - llamado "El Poder del Amor". Se trata de una serie de historias de amor en programas unitarios que cuentan cómo las o los protagonistas son capaces de grandes sacrificios... "con el poder del amor" (sic).

El programa es un tanto triste en su producción. Utilizan los peores actores de la cartilla y tienen muy pocas locaciones que repiten una y otra vez. Vaya, quizá sea mi mala suerte, pero las dos veces que lo he visto, los protagonistas trabajan en la misma oficina hecha con paredes de hielo seco azules y blancas.

Ayer, pues, prendí la televisión para poner una película y me encontré la escena de dos graduandos poniéndose una "borrachera" muy light la noche de su graduación. Ella, estúpidamente enamorada de él, esperaba que el hombre se declarará. Él, en lugar de hacer la esperada declaración de amor, le dice que le dieron una beca a Alemania y que se va a estudiar tres años, dejándola sola. Ella llora, fingiendo que es de felicidad, con la voz en off haciendo el recuento de sus desgracias. Tarararará. Muuuuuuuuuuuy cursi.

Mientras contesto una llamada de teléfono, la televisión sigue prendida. Cuando llego de nuevo frente a la pantalla, él le está diciendo que se va a casar y la lleva a presentarle a la futura y a sus futuros suegros en una comida en la que se anuncia que la pobre desdichada niña dejada va a ser, además, madrina de lazo. Me comenzó a parecer sospechoso. Sufro de un mal compartido por muchas mujeres: la adicción a los chickflicks. Obviamente, la actricita en cuestión no tenía nada que ver con Julia Roberts, pero todos los movimientos de la trama iban exactamente en la misma dirección de My Best Friend's Wedding.

Todas mis sospechas fueron confirmadas. El programa fue una copia burda de la película, con exactamente las mismas vueltas de tuerca, dramones y desplantes en todos los personajes. Claro que le faltaron todas las escenas - muy divertidas, debo decir - con el amigo gay encarnado por Ruppert Everett y, sobre todo, faltó la escena de humillacion en el baño de mujeres, donde la muy rubia Diaz le pone una arrastrada única a la pelirroja Roberts entre un montón de bigmamas.

No sé porqué me quedé viendo el programa hasta el final. Supongo que porque me dió la indignación absoluta. Cientos y cientos de guionistas - ya no digamos egresados de Comunicación - buscando trabajo en las calles de México y TVAzteca hace refritos de películas gringas. Deberíamos demandarlos por desperdiciar talento. Y por aprovecharse tan descaradamente del de otros, por rabón que resulte.

6.8.03

Delicias Matutinas

En la ciudad de México, los puestos con tentaciones culinarias no solamente están en las calles. Prácticamente desde que llegué aquí hace un año, hubo una cosa que me sorprendió. En algunas estaciones, entre el ir y venir de gente, de pronto llega un olor a pan recién horneado. Buen pan. Huele delicioso.

Cuando uno se acerca, se da cuenta que no son panes cualquiera. Son bisquets. Y unas cosas llamadas lechuzas, que es pan de bisquet con mermelada de piña. Esos, los bisquets de metro, son los más buenos de la ciudad. He ido constantemente a los Bisquets de Obregón, un restaurante de mucha tradición en la colonia Roma hoy con cientos de franquicias, pero no es tan bueno el pan.

Quizá se trate del asunto del hambre y del antojo, de que ese olor a pan recién horneado te llegue en un lugar tan francamente feo como puede ser una estación del metro. Seres con varias posibilidades de memoria, los humanos podemos recordar o sentirnos en casa a partir de varias percepciones. Y aunque en casa nunca se horneó nada - tengo un vago recuerdo de un pastel de zanahoria, pero es muy vago - la verdad es que el calor y sobre todo el olor que despiden los famosos panecitos dan una cierta sensación de protección.

Y bueno. La gente que los vende es amable. A veces rayando en la coquetería, pero muy amable. Yo tengo ya lugar preferencial en la fila de clientes, je, y hay incluso un chavo que medio reclama cuando tengo mucho sin comprarles. Cosa simpática. Mientras siga viajando en metro y pasando por uno de esos puestos por la mañana, seguro seguiré cayendo en el antojo por lo menos una vez a la semana. Mis compañeros en la oficina dicen que me alucinan: cada vez que traigo panes, todos dicen que los estoy engordando para Navidad. Pero cuando dejo mucho espacio entre una compra y otra, disimuladamente me "reclaman" que hace mucho que no traigo panecitos. Finalmente, es una buena manera de compartir un poquito de bienestar con mermelada de piña.
La absurda búsqueda del respeto y los quince años de olvido

Algunas veces me pregunto sinceramente cuánta de la gente que lee o escribe mucho lo hace en algún momento más por reconocimiento que por placer. Me queda claro que detrás de las letras se pueden esconder egos inmensos, que de otra manera serían incapaces de existir con el aire. Además, se trata de egos particularmente geniales, que disertan y disertan y disertan y están dispuestos a que su trabajo se ponga en entredicho.

Pero me pregunto qué tanto es pose. Constantemente he oído a la gente descalificar - es más, con seguridad yo misma lo he hecho - a artistas plásticos porque son incapaces de expresarse y ya no digamos escribir correctamente. Lo interesante es que muchos de estos descalificadores son prácticamente incapaces de tomar un crayón de pastel o un pincel y lograr algo que muestre cualquier cosa que no sea caos. ¿Por qué, de dónde sale la idea de que TODOS LOS DEMÁS tienen que ser hombres del renacimiento pero yo puedo ser bueno limitándome a resolver lo mío?

Quién sabe.

Lo cierto es que se supone que este post no iba para allá, sino a hacer una pequeña apología de mi misma. Me considero una mujer inteligente. Hace algunos años incluso, brillante. Desgraciadamente, parece que parte de lo que me hacía ser muy brillante era serlo a una corta edad. Ahora no se espera de mi que sea brillante, sino inalcanzable. Pero a estas alturas me cansa jugar a las adivinanzas intelectualoides que se estilan.

Lo peor de todo es que tengo esta sensación de que estoy entrando inexorablemente a mis quince años de olvido. Mi teoría es que todas las mujeres entramos a una etapa de aproximadamente 15 años - midtwenties-forties - en el cual no se espera demasiado de nos. Es decir, si tienes lo que se necesita para ser "una profesionista exitosa", "una buena madre de familia", o cualquier otra etiqueta cómoda y sexista, ya te instalaste ahí. Ya demostraste que tienes capacidad y que vas a hacerlo.

Vaya, después de los 25 años, como que nada es sorprendente. Si eres gerente en sabediosdónde, si te embarazas sin casarte, si te mudas a otra ciudad, si escribes un libro, si aprendes a cantar ópera, si decides que la vida es una mierda, a nadie le sorprende. Total, estás en los años en los que puedes hacer todo. Obviamente, este olvido no quita que seas minuciosamente viboreada por las personas que están alrededor: puedes hacerlo todo, pero seguramente lo estás haciendo mal.

A los 40 años es el momento de hacer como la evaluación. Y entonces sí, cualquier cosa extraordinaria sobresale. Aunque sea tu extraordinaria mediocridad.

No dejo de pensar por ejemplo en que Demi Moore o Madonna eran en su ramo mujeres extraordinarias y lo fueron durante todos y cada uno de los años que duraron en sus 30. ¿Por qué es que hasta que cumplen cuarenta vuelven a ser el absoluto modelo a seguir?

Obviamente el asunto este de los quince años de olvido tiene huecos - la excepción hace la regla - y también cambios de acuerdo a tu estilo de vida. Pensemos por ejemplo en Drew Barrymore (siguiendo con las infaltables actrices de Hollywood): la pobre mujer ha vivido intermitentemente en el olvido, con algunos muy honrosos momentos de gloria. Otra que me llama la atención es Isabella Rosellini: años y años fue la hermosísima cara de Lancome sin que nadie tuviera ningún problema al respecto. Ni tampoco hiciera gran alharaca por ello. El día que la mujer cumplió cuarenta y pico y algún ejecutivo decidió que ya no era lo suficientemente cool, perdió ese puesto que parecía se le iba a quedar de por vida. ?Qué pasó entonces? Los reflectores de nuevo.

Por su parte, Britney Spears goza (??) de un episodio diferente: la chica material que quiso hacer suya la primera década del siglo XX está cayendo. Rápido. Estrepitosamente. Con la misma velocidad con la que caen sus prendas de vestir, su absurdísima (y súper sexy) virginidad y sus sencillos en la lista de popularidad. Quizá también exista algo de justicia poética en esto: si te quieres quemar en tres años el total del éxito que te destina Andy Warhol - que creo yo debe tener un lugar especial en el cielo definiendo el tiempo de fama que le toca a cada persona - pues es tu rollo. Sobre todo si no tienes más que un cuerpo espectacular que lucir. (Perdón por la misoginia, pero por ejemplo, ver a Lyn May es realmente vergonzoso y deprimente).

El punto es que debería de dejar de angustiarme porque ya no se me considera tan superior intelectualmente en ciertas esferas. Será también que - la verdad de las cosas - en los últimos meses me he dedicado a la contemplación y no tanto a la crítica y a la acción. Quizá a eso se deban los quince años de olvido: a los descansos que la gente se da para darse cuenta de lo valioso que es, de lo valioso que está a su lado.

Estoy en un letargo de ojos abiertos y ventanas claras, de angustias pasajeras y dramones inútiles. Tengo como la adolescencia tardía. Y, por supuesto, me pongo tan absolutamente insoportable como cualquier adolescente. Gris. Gris. Gris.

Buena cosa esta de la ventana. Empieza a llover y, gracias a que no veo la calle, puedo recordar más claro la danza de los árboles en las calles de mi adorada Guadalajara.

A trabajar. Proyecto nuevo.

¡Ah! Y un lector nuevo - (tengo ahora esa insana satisfacción de que alguien más lee y se ríe y le importa...). Todos le damos la más cordial bienvenida a DDomene, maestro del arte de la programación y la convivencia cotidiana con los texanos tecnológicos. El todavía no tiene blog... pero ya comenzaremos a enchinchar para que lo haga.

5.8.03

Agradecimiento

Había olvidado poner en mis links a un querido amigo mío que vive en Kyoto. Además, hay que agradecerle a Benjamín por ser mi gurú informático y quitarme la histeria del rediseño, je. ¡Salud, darling! ¿Nos regalarías una foto de Kyoto para mostrárselas a los pocos e improbables lectores, je?
La ventaja de las ventanas

Ayer me mudé de escritorio. Ahora estoy al fondo de la oficina, en un lugar con ventana. Tengo luz natural. El Duque se mostró preocupado por mi nueva ubicación, pues sostiene que ahora pasaré el día mirando a la gente que pasa por la calle. Sin embargo, eso es casi imposible: estoy sentada en un piso diez en un edificio en pleno Paseo de la Reforma. Mi ventana daría a la calle de Milán, pero por supuesto no alcanzo a verla. Sé que en la esquina está la señora de las quecas y en la otra esquina los jugos y los tamales. Sé que hya arbolitos y automóviles estacionados en doble fila. Pero no los veo.

Lo único que veo son oficinas en otro edificio alto, enfrente de mi. Platos de SKY y algunas líneas telefónicas inalámbricas, una torre de repetición para celulares, una pobre planta que en un piso ocho se estira, y se estira, y se estira... y apenas alcanza un poco de sol.

Uno o dos pisos arriba de mi, en el edificio de enfrente, hay gente que trabaja. Están completamente serios haciendo algo. Todos visten en colores oscuros... - de pronto volteo a verme y me doy cuenta que yo también. ¿Será que los oficinistas chilangos, así como les sucedió a los neoyorkinos, nos estamos convirtiendo en una sub-especie negada al color?

En fin. Esta es la bienvenida a la ventana. Ya tendremos otras historias que narrar... o por lo menos que imaginarnos. Nos.